La Octava de Pascua

La Octava de Pascua comprende los primeros ocho días del Tiempo Pascual, pues la Resurrección del Señor en un acontecimiento tan grande, que no es posible celebrarlo en un solo día, sino que ese júbilo es preciso prolongarlo durante ocho, que son considerados como uno sólo, con la categoría de Solemnidades del Señor.

El evangelio de estos días se centra en las lecturas de las apariciones del Resucitado, la experiencia que los apóstoles tuvieron de Cristo Resucitado. Por otra parte, la primera lectura tiene como base el relato de los Hechos de los Apóstoles. Celebrar la octava de Pascua es afirmar que la Pascua no termina; que traspasa los días y los años y que Jesús sigue presente entre nosotros.

El creyente confiesa que Jesús ha resucitado y vive. Esta es para él la gran Noticia. Jesús está aquí en medio de nosotros para que experimentemos su Presencia, para que escuchemos su Palabra, para recibir su aliento vivificante. Es el paso de Dios por nuestra vida; se nota su alegría, su paz, su perfume, su amor.

Después de los días austeros de la Cuaresma, todo huele a primavera cuando viene la Pascua. Confesar que Jesús ha resucitado es creer que la Vida vence a la muerte y que lo último no es el vacío, sino la plenitud.

Algo nuevo irrumpe con fuerza. Después de la Pascua empieza la nueva era del Espíritu, el que resucitó a Jesús y el que se derrama entre los creyentes. Estos empiezan a vivir de común acuerdo. Proclaman la resurrección de Jesús y la Palabra va acompañada de signos curativos y de liberación.

El día de Pascua, día primero de la semana y de los tiempos, Jesús se hace presente en medio de sus discípulos. Los signos que le acompañan y que proclama son: la paz, la  alegría, la fuerza del Espíritu, el amor.

Es la Vida nueva de Jesús que se transmite a cuantos creen en Él. Pero esto no es fácil; la experiencia de la cruz había sido un escándalo para aquellos hombres. Algunos se obcecan en su incredulidad, como Tomás.

El relato evangélico del domingo de la Octava marca el culmen de los relatos del Resucitado. Jesús entra en una habitación y muestra su cuerpo crucificado y resucitado a sus discípulos. Les saluda con la paz, exhala su Espíritu sobre ellos y les envía al mundo como su Padre lo envió a Él, para dar testimonio del amor, el perdón y la misericordia. Tomás no estaba allí, y no creyó lo que le contaron. Una semana más tarde vuelve a presentarse a sus discípulos, dirigiéndose especialmente a Tomás, que esta vez sí que estaba allí, y que, ante la realidad que veía, no le cupo más que rendirse, y hacer esta sublime profesión de fe: “SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO”

Que el Señor no tenga que reprocharnos nuestra incredulidad como a Tomás. Que seamos creyentes y fieles como Él quiere y celebremos su resurrección estando alegres, amando, dando paz. Que el gozo de la Pascua irradie en nosotros como un faro en la noche, para poder atraer hacia Cristo a quienes aún no le conocen y así puedan experimentar el gozo de sentirse hijos de Dios.

Hoja Parroquial