“Un joven de 83 años”

El pasado domingo, 1 de mayo, cuando celebrábamos el día de la madre e iniciando el mes de nuestra  queridísima la Virgen María, madre de nuestro Señor Jesucristo y madre nuestra, en Roma el papa Benedicto XVI beatificaba a su antecesor en la sede, Juan Pablo II.

En España guardamos muchos y buenos recuerdos de él, por tanto amor que tenía a nuestra tierra y las muchas veces que peregrinó aquí; por los encuentros tenidos con los jóvenes movido por su especial afecto e interés por la fe de los jóvenes a los que queda el legado de la frase  que mejor refleja el mensaje del nuevo beato a los jóvenes: “No tengáis miedo. Abrid las puertas a Cristo”.

Al celebrar este verano la Jornada Mundial de la Juventud, un encuentro con el que tanto se identificó y derrochó sus fuerzas físicas y espirituales, el coordinador de la Jornada Mundial de la Juventud, nuestro obispo auxiliar D. Cesar Franco, en el día de su beatificación, recordó el aprecio y cariño que tenía nuestro nuevo beato a los jóvenes y la sinceridad que le caracterizaba al hablar tanto a mayores y jóvenes:

“Nunca les aduló, les habló con verdad y sencillez, los conquistó con simpatía y afecto sin disimulo, los trató en serio, como a hombres y mujeres en ciernes, les predicó el Evangelio sin rebajas ni censuras, les habló al corazón, bromeó con ellos en momentos inolvidables y les planteó abiertamente el seguimiento de Cristo. Sí, Juan Pablo II se acercó a los jóvenes, a sus problemas vitales, a su mundo real: el de sus dudas y certezas, el de sus miedos y esperanzas. No esquivó sus problemas ni se acomodó a sus intereses superficiales. Quiso llegar al corazón y hablarles como amigo, sin renunciar a ser maestro. Cercano, pero con la autoridad de Pedro. Siempre como Padre en la fe y Vicario de Cristo.

Y los jóvenes le seguían, se fiaban de él y le escuchaban con atención (aunque en ocasiones les mandara callar al interrumpir con aplausos sus discursos). Estaban convencidos de que bajo aquella sotana blanca palpitaba un amor sin límites, que les atraía hacia Cristo. Al mismo Cristo a quien Juan Pablo II amaba apasionadamente y le dejaba vivir en cada fibra de su carne. El secreto del amor de Juan Pablo II a los jóvenes no era otro que su misión de acercarles a Cristo, a su palabra verdadera, a su calor de amigo.  En realidad, Juan Pablo II nunca dejó de ser joven: es decir, nunca dejó enfriar el primer amor y vivió con pasión su amistad con Cristo. Por eso conquistó el corazón de los jóvenes cuando, en su último encuentro con ellos en Madrid, que le jaleaban como joven, replicó que era «un joven de 83 años»”.

Hoja Parroquial