Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

El Evangelio de hoy nos invita a la coherencia

La situación de Jesús con los representantes del poder en Israel se agudiza. Llegando al punto de provocarlo de manera insultante. El evangelio de hoy recoge ese momento.

Y así le envían una embajada para hacerle una pregunta  trampa: «¿Es lícito pagar el tributo al César?» Hay que reconocer que la pregunta  se las trae. Le exigen que se defina ante una situación muy especial y complicada: el pueblo de Dios está ocupado por una potencia extranjera que lo oprime y vulnera sus libertades. La pregunta trampa no admite medias tintas o irse por las ramas.   La respuesta  o es un Sí, o un No. En realidad, en eso consistía la malicia de los fariseos. De decir Sí, era un co-laboracionista; de decir No, se situaba en rebeldía. Con cualquiera de las dos res-puestas había motivos suficientes para ir contra él. Pero la respuesta de Jesús es asombrosamente clara, tanto que ha pasado a la historia: «Al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios».

Tal respuesta dejó a Jesús libre de tanto acoso:  «Al oír esto, quedaron maravillados, y, dejándole, se fueron». Jesús contesta con ecuanimidad, que no con neutralidad. Por eso la respuesta de Jesús se ha convertido en norma de actuación permanente a lo largo de los siglos.  Hoy tiene una especial actualidad y en esta España nuestra de manera especial, en la que tanto se nos está obligando a discernir y a elegir entre el César y nuestra conciencia cristiana. La respuesta de Jesús  nos da pautas de cómo hemos de situarnos ante la autoridad civil y la divina, en temas como el matrimonio, la familia, la interrupción del emba-razo, la libertad de enseñanza, la eutanasia, por no enumerar más. De todos es sa-bido que hoy hay corrientes de pensamiento e incluso estructuras políticas que obs-taculizan, o niegan, la presencia de Dios en nuestra vida, convirtiéndose ellas en dioses y, por tanto, en norma absoluta.


Ante eso, ¿qué ha de hacer un católico? Pues aplicar la respuesta de Jesús: dar, por supuesto, al César la moneda material; es decir, implicarse en la construcción de la sociedad y del mundo; pero sin que jamás Dios, ni en lo privado ni en lo público, deje de ser el motor de nuestra vida y, por tanto, deje de recibir nuestra entrega y fidelidad. Tener clara la manera de vivir su propia fe, en libertad, en cualquier ámbito de la vida.

Hoja Parroquial