Cuidemos la Familia

Era la noche de 24 de diciembre. Jesucristo, Eterno Dios e Hijo del Padre Eterno, quiere consagrar al mundo, con su misericordiosa venida, en una caverna abierta en las entrañas de una roca, donde suelen guarecerse pastores y rebaños. La Virgen María, sabiendo que el momento está cerca, se recoge en profunda oración. José la contempla en religioso silencio, orando también.


No se puede explicar con palabras ni comprender con entendimiento humano el gozo que siente en ese momento la Virgen María, al ver hecho hijo suyo al que sabe que es el hijo de Dios. Ella con reverencia y amor le habla y le besa por primera vez. Le pone también en los brazos de su padre, el carpintero  José, que le recibe temblando de amor, y se ofrece a servirle, cuidarle y trabajar por Él toda la vida.


Pasaba el tiempo y la Sagrada Familia veía crecer a su Hijo: los pastores anunciados por el ángel van a visitar al Niño; los Reyes Magos, guiados por una estrella fueron a adorarle y a ofrecerle regalos; María y José, subieron a Jerusalén a cumplir con el rito de la purificación y la presentación del Niño en el templo; la angustiosa huida a Egipto por la persecución de Herodes; San José con el Niño y su Esposa vuelve a su casa de Nazaret, casa y taller de carpintero, donde los golpes de martillo y el chirriar de la sierra sólo se interrumpían el sábado, día dedicado al descanso y a la oración; Jesús con doce años, un día regresando con sus padres de Jerusalén se quedó allí sin que éstos lo supieran, después lo encuentran en el templo sentado entre los doctores; Él siguió creciendo en el hogar con sus padres, se fue robusteciendo, se llenaba de sabiduría y la gracia de Dios lo acompañaba.


¿Qué modelo de familia podemos imitar mejor que el que acabamos de relatar?
¡Para nosotros los cristianos no hay mejor modelo que la Sagrada Familia de Nazaret! Así quisimos tomar ese modelo, mi mujer y yo hace 24 años un tres de mayo, dando gracias a Dios por tenerla de apoyo en tan maravillosa decisión.

Nuestros primeros diez meses de casados transcurrieron con normalidad, intentando tener al Señor entre nosotros en todo momento, sobre todo cuando el oleaje de nuestra convivencia estuviese alborotado.


Quiso Dios que apareciera en nuestra obra el cuarto personaje, una preciosa niña a la que quisimos desde el primer momento transmitirla nuestra fe, la fe que me transmitió mi esposa cuando la conocí.


Quiso también Dios que apareciera el quinto personaje de esta bonita obra, otra preciosa niña, ¡qué van a decir unos padres de sus hijas! También a ella quisimos darle lo que a la primera, la fe.


Hemos ido creciendo los cuatro juntos intentando no olvidar a la Familia de Nazaret, pero tenemos que reconocer que en muchos momentos de nuestra convivencia la hemos olvidado y cuando eso ha ocurrido, nuestro camino se ha hecho maltrecho, quebrantado y pesado. Sólo cuando hemos echado mano de la oración sobre todo en nuestras noches de vigilia, pidiendo al Señor por nuestra familia, es cuando ha vuelto al hogar la paz y el bien.


Hoy, vemos en nuestras hijas ese pequeño grano de fe fermentado que pusimos, seguimos y seguiremos poniendo en sus corazones. Si damos importancia a Dios,  Dios será importante para nuestras hijas.


Cuidemos la Familia Cristiana, ella es el porvenir mismo de la sociedad, es la esperanza para el mundo entero, es el vehículo privilegiado para la transmisión de los valores religiosos y culturales que ayudan a la persona a adquirir la propia identidad. ¡Cuidémosla!

Hoja Parroquial