…y Cristo Resucitó

El acontecimiento nuclear de nuestra fe es la Resurrección de Jesucristo. No es nada nuevo para un cristiano bien formado. Sobre este cimiento descansa toda la estructura de la Iglesia y de las personas que la formamos.

San Pablo, escribiendo a los fieles de Corinto, se expresa de este modo claro y contundente: ”Si se predica que Cristo resucitó de entre los muertos, ¿cómo decís algunos que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó nada podéis esperar de vuestra fe y aún seguís en vuestros pecados. Y también los que entraron en el descanso junto a Cristo están perdidos. Si sólo para esta vida esperamos en Cristo, somos los más infelices de todos los hombres. Pero no. Cristo resucitó de entre los muertos. El ha sido el primero, como primicia de los que duermen. Un hombre trajo la muerte y un hombre también trae la resurrección de los muertos”
La predicación de los Apóstoles fue precisamente el anuncio de la Resurrección de Cristo. Así, en los Hechos de los Apóstoles podemos leer: ”El día de Pentecostés, Pedro, de pie con los Once, pidió atención y les dirigió la palabra. Todo Israel esté cierto de que al mismo Jesús, a quien vosotros crucificasteis, Dios lo constituyó Señor y Mesías. Estas palabras les traspasaron el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles: ¿Qué tenemos que hacer, hermanos?. Pedro les contestó: Convertíos y bautizaos todos en nombre de Jesucristo para que se os perdonen los pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Un verdadero cristiano es aquel que, unido a Cristo resucitado por el bautismo, se esfuerza en cualquier circunstancia, en vivir su misma vida, como testigo suyo en medio del mundo.

Así dice San Pablo: ”Por el bautismo fuimos sepultados con Cristo para compartir su muerte, y así como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Si hemos sido injertados en él y participamos en una muerte semejante a la suya, también participaremos de una resurrección como la suya”.

La unión más perfecta con el Resucitado es la que se da en la común-unión, al recibirlo en la eucaristía. En este sacramento, Cristo resucitado se nos da como comida y alimento para la vida eterna. Con razón decían los santos que una sola comunión o una sola misa bien hechas o celebradas sería suficiente para hacernos santos. Lástima que la rutina, la indiferencia, la falta de fe o reflexión, malogren estos frutos en gran parte de los cristianos.

De mil maneras en nuestras celebraciones litúrgicas oímos y proclamamos que Cristo ha resucitado. Sabemos que como miembros del cuerpo, de Cristo formamos una sola cosa con el Resucitado, que es nuestra cabeza. Y si Cristo ha resucitado, nosotros no podemos permanecer indiferentes. La alegría de la Pascua debe ser patente y hay que transmitirla a los demás para que todos comprendan que Cristo murió, sí, pero sobre todo… RESUCITÓ.

Hoja Parroquial