Cristo es iluminado: Dejémonos iluminar por Él

Hoy es el último día del tiempo de Navidad. Aquel niño que adorábamos en Belén con los ángeles y los pastores, aquel Niño que hace unos días se manifestaba a los Magos que venían de tierras lejanas guiados por una estrella, hoy lo contemplamos ya como Hombre adulto, que se acerca al río Jordán con todos los que querían recibir el bautismo de conversión que Juan predicaba. Y allí, en aquel ambiente de fe, Dios manifiesta públicamente que Jesús es su enviado, su Hijo. Y Jesús comienza, desde aquel momento, su misión.

 

En esta fiesta del Bautismo del Señor por parte de Juan Bautista, somos invitados a reafirmar nuestra fe en Jesús, nuestra voluntad de seguirle, nuestra convicción profunda de que Él es, verdaderamente, para todos nosotros, el camino que nos conduce a la verdadera vida.

Este acontecimiento es muy relevante en la vida de los cristianos, como enseñan las Escrituras: "mientras Jesús, también bautizado, oraba, se abrió el cielo, bajó el Espíritu Santo sobre él en forma de paloma, y se escuchó una voz del cielo: "Tú eres mi Hijo predilecto, en ti me complazco"" (Lc 3, 21-22 ).


Pero también es revelación de los efectos de nuestro propio bautismo: “Porque en el bautismo de Cristo en el Jordán has realizado signos prodigiosos para manifestar el misterio del nuevo bautismo” (pref.). Jesús entró en el agua para santificarla y hacerla santificadora, “y, sin duda, para sepultar en ella a todo el viejo Adán, santificando el Jordán por nuestra causa; y así, el Señor, que era espíritu y carne, nos consagra mediante el Espíritu y el agua” (San Gregorio ). “Esta consagración es el nuevo nacimiento (Jn 3,5), que nos hace hijos adoptivos de Dios” (Rom 8,15).


El fruto de esta celebración en nosotros es “escuchar con fe la palabra del Hijo de Dios para que podamos llamarnos y ser en verdad hijos suyos” (1 Jn 3,1-2)

Hoja Parroquial