Queremos ver a Jesús

Este es el lema de este año para la Jornada Mundial Misionera de este año. Con este motivo, su santidad Benedicto XVI ha dirigido un mensaje a toda la Iglesia, exhortándonos a ser misioneros, fomentando el amor entre todos. Ofrecemos aquí un extracto del mismo.

El mes de octubre, con la celebración del Domund, ofrece a todo el Pueblo de Dios, la ocasión de renovar el compromiso de anunciar el Evangelio y de dar a las actividades pastorales un aliento misionero más amplio. Esta cita anual nos invita a vivir intensamente los itinerarios litúrgicos y catequéticos, caritativos y culturales, con los que Jesucristo nos convoca a la mesa de su Palabra y de la Eucaristía, para gustar el don de su Presencia, formarnos en su escuela y vivir cada vez más conscientemente unidos a Él, Maestro y Señor. 



Él mismo nos dice: «El que me ame, será amado de mi Padre; y yo le amaré y me manifestaré a él» (Jn 14, 21). Sólo a partir de este encuentro con el Amor de Dios, que cambia la existencia, podemos vivir en comunión con Él y entre nosotros, y ofrecer a los hermanos un testimonio creíble, dando razón de la esperanza que está en nosotros (cfr. 1Pe 3, 15). Una fe adulta, capaz de abandonarse totalmente a Dios con actitud filial, alimentada por la oración, la meditación de la Palabra de Dios y por el estudio de las verdades de la fe, es la condición para poder promover un nuevo humanismo, fundado en el Evangelio de Jesús.

El Padre nos llama a ser hijos amados en su Hijo, el amado, y a reconocernos todos hermanos en Él, Don de Salvación para la humanidad dividida por la discordia y el pecado, y Revelador del verdadero rostro de aquél Dios que «tanto amó al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna» (Jn 3, 16).

«Queremos ver a Jesús» (Jn 12, 21), es la petición que, en el Evangelio de Juan, algunos peregrinos griegos presentan al apóstol Felipe. La misma petición resuena también en nuestro corazón en este mes de octubre, que nos recuerda cómo el empeño y la tarea del anuncio evangélico le corresponda a la Iglesia entera, misionera por su naturaleza y nos invita a hacernos promotores de la novedad de vida, hecha de relaciones auténticas, en comunidades fundadas en el Evangelio.

La conciencia de la llamada a anunciar el Evangelio apremia no sólo a cada fiel, sino a todas las Comunidades diocesanas y parroquiales a una renovación integral, y a abrirse cada vez más a la cooperación misionera entre las Iglesias, para promover el anuncio del Evangelio en el corazón de cada persona, de cada pueblo, cultura, raza, nacionalidad, y en todas las latitudes. En efecto, la Iglesia es en Cristo como un sacramento o señal e instrumento de la íntima unión con Dios y de la unidad de todo el género humano.

En esta Jornada Misionera Mundial en la que la mirada del corazón se dilata sobre los inmensos espacios de la misión, sintámonos todos protagonistas del empeño de la Iglesia por anunciar el Evangelio. El impulso misionero ha sido siempre un signo de vitalidad para nuestras Iglesias y su cooperación es testimonio singular de unidad, de fraternidad y de solidaridad, que nos hace anunciadores creíbles del Amor que nos salva.