Podar, regar, trasplantar, clarear, guardar, cavar: todo es necesario para dar fruto

Reflexión semanal sobre la cuaresma

Cada vez que llega el otoño, los que vivimos todavía cerca del campo, tenemos la suerte de asistir a uno de esos ritos obligados por parte de los agricultores: la poda. Todos nosotros somos ese inmenso huerto de frutales, dispersos por los cinco continentes, y que Dios plantó hace mucho tiempo con un doble objetivo: estar unidos a Él y recoger algo de las yemas de nuestra vida.

La cuaresma es una oportunidad para acudir a esa gran lección de horticultura, magistral y oportuna, que nos ofrece Dios en el evangelio de hoy con la imagen de la higuera:

 

  • Lo que hay que podar se poda (para que la Iglesia no se quede en árbol seco e inútil)
  • Lo que hay que regar se riega (donde no llegan los recursos humanos acude la mano de Dios)
  • Lo que hay que trasplantar se trasplanta (todos tenemos un lugar donde dar algo de nosotros mismos)
  • Lo que necesita clarear se clarea (para que no se confundan los frutos del reino con los caprichos de turno)
  • Lo que es urgente guardar se guarda (para que el enemigo del mal no extermine alguna que otra especie en peligro de extinción)
  • Lo que nos pide cavar se cava (para que no crezcan en la soledad ni en la apatía, en el olvido o en el estío del cariño aquellos que buenamente hacen lo que pueden)

Me gusta la PACIENCIA de este Dios propietario de esa gran plantación humana de la que formamos parte. Nosotros, acostumbrados en arramblar con todo, cortar y rasgar (cuando no es de nuestro gusto, por determinada orientación eclesial o ideológica…) tenemos una buena palabra que aprender, recordar y ejercitar: EL TRIUNFO DE LA MISERICORDIA SE ADQUIERE CON LA PACIENCIA. Dios siempre… da otra oportunidad.