Acoge el perdón de Dios

Cuarto Domingo de Cuaresma: reconciliación

Muchas personas tienen una imagen deformada de Dios. No terminamos de comprender que Dios no es un dios vengador, justiciero, castigador, o un dios que “me rechaza porque soy indigno o indigna, porque lo he negado y traicionado tantas veces con mis pecados”. Tendemos a pensar que “lo que estoy sufriendo es un castigo divino por el mal que he hecho”. ¡Cuántas veces pensamos que Dios ya no puede o no quiere perdonarnos, creemos que no merecemos el perdón divino y terminamos diciéndole al Señor: «¡apártate de mí que soy un pecador!» (Lc 5,8).

Según esta concepción, sólo los justos, los puros, los que hacen méritos cumpliendo estrictamente Su Ley serán admitidos por Dios como miembros de su pueblo. Según esta idea, como pensaban los fariseos y escribas, no somos capaces de ver que Dios es un Dios de misericordia, que no quiere la muerte del pecador sino “que el malvado se convierta de su conducta y viva” (Ez 33,11).

 

Jesús busca corregir toda imagen distorsionada de Dios para revelar su verdadero rostro: Él es Padre de verdad, un Padre lleno de misericordia y ternura, que se preocupa por la vida y el destino de cada uno de sus hijos, pero respeta inmensamente su libertad cuando optan por el mal, por apartarse de Su casa. Dios es un Padre clemente que está siempre dispuesto al perdón, que sale corriendo al encuentro del hijo cuando vuelve arrepentido, un Padre que acoge y abraza con emoción y ternura al hijo que retorna, que perdona al más pecador de los pecadores, porque Su amor es más grande que el más grande de los pecados y que todos los pecados juntos, porque Su misericordia sobrepasa y cubre la miseria de sus hijos. Dios no rechaza a nadie, sino que al contrario, busca con más vehemencia la vida del hijo que por sus pecados se halla muerto. Por eso, durante esta cuarta semana de Cuaresma, vamos a ACOGER EL PERDÓN DE DIOS, que nos llega siempre mediante el SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN, que estamos todos invitados a celebrar el miércoles 13 de marzo, a las 19.30h en nuestra Parroquia.

Dios nos ama tanto que ha hecho todo lo posible, incluso entregarnos a Su propio Hijo, y entregarlo en la Cruz cargado con nuestros pecados, para reconciliarnos con Él, para darnos la Vida: una Vida nueva, la Vida eterna (ver 2Cor 5,17-19). Por el amor que Dios nos tiene, debemos abrirnos a ese amor día a día, acogerlo en nuestra vida, vivirlo de acuerdo a nuestra condición y dignidad de hijos de Dios y reflejarlo a los demás con nuestras palabras y actitudes. Porque quien verdaderamente se ha encontrado con el amor y la misericordia del Padre, se convierte en un icono vivo del amor misericordioso del Padre, en un apóstol de la reconciliación.