Nuestro compromiso con Dios: seguir su Camino

Domingo de Ramos

Durante toda la Cuaresma nos hemos afirmado en esta idea: somos un pueblo que camina hacia el Señor, que vive en la fe, que tiene un compromiso con Dios. Los cristianos, como ciudadanos del cielo, caminamos hacia nuestra patria definitiva, hacia la casa del Padre. Para esta meta, se nos ha marcado un camino, Cristo. Él es, para nosotros, camino, verdad y vida. El, en obediencia al Padre, recorrió los caminos de nuestro mundo, anunciando y haciendo presente la salvación de Dios a los hombres.

 

Cristo tiene claro en su alma este plan de Dios, y con toda libertad y con toda decisión, lo acepta. Él sabe que al ser proclamado Rey, y al entrar en Jerusalén como Mesías, está firmando la sentencia que le lleva al sacrificio, y sin embargo, lo hace. Él sabe que la exaltación real que a Él se le dará cuando sea levantado, es la de la cruz, la de su propio sacrificio. Es también consciente de que el grano de trigo tiene que caer en tierra para poder dar fruto. Dice el Evangelio: “Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del Hombre. En verdad, en verdad os digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da mucho fruto”.

Por eso el cristiano, caminando hacia su patria definitiva, debe tratar también de hacer la voluntad de Dios en este mundo. Para Cristo, el signo de la entrada de Jerusalén, es el signo que le lleva a la cruz; para nosotros cristianos, nuestro Bautismo es un signo que nos indica la presencia de la cruz de Cristo. Se trata de ser seguidor de Cristo, marcado con el signo indeleble de la cruz en el corazón y en la vida. El cristiano ha de ser capaz, como Cristo, de recoger los frutos de vida eterna del árbol fecundo de la cruz, para uno mismo y para sus hermanos.

La vida y pasión de Cristo tienen un profundo significado de servicio. Él se ha hecho siervo de todos los hombres y dado a muerte en rescate de nuestros pecados. Se hizo, por nosotros, obediente hasta la muerte en la cruz. Así, nosotros no debemos olvidar nuestra cruz para seguir a Cristo. Pero la cruz no es el final de todo. Más allá de la cruz, está la resurrección y la vida. Éste es el paso definitivo, la Pascua, la Pascua de Cristo, nuestra Pascua.