Reflexiones sobre la Pascua

Hace ya algunas semanas que concluyó la celebración de la Vigilia de la Pascua de Resurrección, y hemos dado  comienzo al Tiempo de Pascua, que conmemora la Resurrección y glorificación de Nuestro Señor Jesucristo, la donación del Espíritu Santo y el comienzo de la actividad de la Iglesia, al tiempo que anticipa en nuestros días la gloria eterna que alcanzará su plenitud en la consumación de los siglos.

El Tiempo Pascual está formado por la "cincuentena pascual", es decir, los cincuenta días que transcurren entre el Domingo de Resurrección y el Domingo de Pentecostés, y en cierto modo constituyen "un único día festivo: el gran Domingo", como decía San Atanasio.

El origen de la "cincuentena pascual", se confunde con la celebración anual de la Pascua: al principio, la Pascua apareció como una fiesta que se prolongaba durante cincuenta días. A partir del siglo IV, la unidad pascual se fragmentó, cuando comenzaron a celebrarse de modo histórico las acciones salvíficas divinas.

 

Los ocho primeros días de la cincuentena forman la octava de Pascua, que se celebra como solemnidad del Señor.  Tiene su origen en el siglo IV, por el deseo de asegurar a los neófitos (es decir, a los bautizados en la Vigilia Pascual) una catequesis acerca de los divinos misterios que habían experimentado.

La celebración del día conclusivo del Tiempo Pascual, el día de Pentecostés, este año el 19 de Mayo,  nació a finales del siglo III. Esta fiesta, tiene su origen por influencia de la fiesta judía del mismo nombre. En el siglo IV la fiesta poseía un doble contenido celebrativo: Ascensión del Señor y descenso del Espíritu Santo, como se advierte en los testimonios de la Iglesia de Jerusalén. Sin embargo, poco a poco el proceso de historificación litúrgica de los hechos salvíficos de Cristo, llevó a algunas iglesias a dividir la fiesta, celebrando la Ascensión el día cuarenta después de Resurrección, este año el 12 de mayo.

Los textos de la fiesta de la Ascensión recuerdan el hecho histórico de la subida de Cristo a los cielos, a la vez que fundamentan la esperanza en la segunda venida del Señor y la exaltación gloriosa del hombre. La fiesta de Pentecostés, por su parte, muestra la íntima relación entre la Resurrección de Cristo y la venida del Espíritu Santo. Todo el Tiempo de Pascua es considerado como tiempo del Espíritu. Queda así remarcado el carácter unitario de toda la celebración pascual: muerte, resurrección, ascensión de Cristo y venida del Espíritu, momentos de un único misterio salvífico.

En los tres primeros Domingos, se leen los Evangelios de las apariciones del Señor resucitado, mientras que el cuarto se reserva a la parábola del Buen Pastor, y los restantes, al discurso sacerdotal de Cristo después de la Ultima Cena, tal y como nos viene recogido en el texto del Evangelio según San Juan. Las otras lecturas dominicales están tomadas del Nuevo Testamento. El Tiempo de Pascua subraya la renovación bautismal de la vida cristiana, en continuidad con la novedad del acontecimiento de la Resurrección. La Iglesia se ve a sí misma como presencia ininterrumpida de Cristo, movida por el dinamismo del Espíritu, en camino hacia su verdadera patria, con la segunda y definitiva venida de Cristo.

Durante el Tiempo de Pascua, los cristianos recordarán que la vida nueva iniciada con la celebración de los misterios pascuales debe perpetuarse durante toda su existencia. En medio de las circunstancias ordinarias, los fieles descubrirán la presencia del Señor resucitado que les llama a ser testigos, dando testimonio de su paso entre los hombres.