Las vocaciones sacerdotales

La vocación al sacerdocio ministerial comienza por un en­cuentro con el Señor, que llama a dejarlo todo y a seguirle, que quiere que su llamada se prolongue en una vida de amistad con él y una participación en su misión que compromete toda la exis­tencia. La vocación es un misterio que afecta a la vida de todo cristiano, pero que se manifiesta con mayor relieve en los que Cristo invita a dejarlo todo para seguirle compartiendo vida y misión.

El significado de la vocación lo encontramos en la respues­ta que Jesús da a Juan y Andrés, discípulos de Juan el Bautista, cuando le preguntan dónde vivía. «Venid y veréis» (Jn 1, 39), les responde el Maestro. Dios es quien tiene la iniciativa, quien lla­ma; y toda vocación cristiana es un don suyo que tiene lugar en la Iglesia y mediante la Iglesia, que es el lugar en que las vocaciones se generan y educan. La vocación cristiana en todas sus formas es un don destinado al crecimiento del Reino de Dios en el mundo, a la edificación de la Iglesia. La vocación sacerdotal se ordena a estos fines de un modo específico, a través del sacramento del Orden, con una configuración peculiar con Jesucristo.

 

La historia de toda vocación sacerdotal comienza con un diálo­go en el que la iniciativa parte de Dios y la respuesta corresponde al hombre. El don gratuito de Dios y la libertad responsable del hombre son los dos elementos fundamentales de la vocación.

Es imposible describir las fases y los episodios de cada voca­ción, porque la vocación es personal, diversa e intransferible en cada persona. Dios llama a cada uno según su voluntad de amor y con un gran respeto por la libertad que tiene el sujeto para abrir la puerta al Señor a fin de que se adentre en el interior del que es llamado.

Jesús llama para estar con Él, a ser sus compañeros, a formar con Él una comunidad de vida. Estar con Jesús equivale a seguirle ya que Él tiene palabras de Vida eterna; escucharle en todas y cada una de sus palabras; imitarle, con la inspiración y la interpretación que da el Espíritu al seguimiento de la Palabra que es Él mismo.

De esta manera, el objetivo de la llamada es doble: la comunión con Jesús y la participación en su misión. A los llamados, Jesús los envía a anunciar el Evangelio, a llevar su mensaje por todo el mundo, a ser testigos suyos ante los hom­bres. No para ser meros repetidores de una doctrina aprendida, sino comunicadores de su palabra, de los misterios del Reino, de Cris­to mismo.

La llamada sacerdotal es una decisión del Señor. Se trata ante todo de un don, de una gracia de Dios. No es un derecho del hombre, ni el resultado de un proyecto personal. El sacerdocio es un don de Dios que ha de producir una respuesta de gratitud y confianza por parte de la persona llamada, y una esperanza firme en la fidelidad de Dios.

La gracia de la llamada y la libertad en la respuesta no se opo­nen ni se contradicen. No se podría considerar una respuesta posi­tiva como válida si no se da desde la libertad, que es una condición esencial para la vocación. También puede darse el caso de personas que tienen buena vo­luntad y quieren seguir ese camino, pero no es esa la voluntad de Dios, que tiene dispuesto un camino diferente para ellas.

Cuando entran en conjunción las dos voluntades se realiza el ideal. La voluntad de Dios que llama y la del hombre que respon­de positivamente desde su libertad.