María acompaña nuestra Pascua

En mayo, la piedad popular rinde homenaje a su Madre del cielo

La celebración del mes de mayo en honor a María tiene relación con la primavera, estación de las flores. En la piedad popular se expresa un homenaje a la Virgen, la creatura más pura y más bella de todo el universo. Evocando el pasaje del Cantar de los Cantares: aparecen las flores en la tierra, el tiempo de las canciones ha llegado, se oye el arrullo de la tórtola en nuestra tierra, los fieles dirigen a María, en el mes de mayo, sus plegarias y sus cantares, como señal de devoción y fe, de gratitud y amor filial.

El mes de mayo tiene su preludio en la Edad Media. El primero que asoció el mes de mayo con la figura de María fue Alfonso X El Sabio, Rey de Castilla y León (1284). Una de sus Cántigas dedicada a celebrar las fiestas del tiempo de mayo, ve en la devoción a María el modo de coronarla dignamente y venerarla con gozo. Invita a invocar a la Virgen para conseguir bendiciones espirituales y materiales. En Roma, el mes Mariano comenzó a perfilarse con San Felipe Neri (+1596); durante ese mes el santo florentino enseñaba a los jóvenes a hacer obsequios a la Virgen, adornando con flores sus imágenes, cantando alabanzas en su honor, realizando actos de virtud y mortificación. Después del Concilio de Trento (1545-1563), que realizó la Contrarreforma en la Iglesia Católica, sobre todo los Dominicos y los Jesuitas promovieron el mes de mayo con el rezo del Rosario, ofrenda de flores a María y catequesis popular. Después de la definición dogmática de la Inmaculada (Pío IX, 8 de diciembre de 1854), se consolida esta devoción popular y varios Pontífices la enriquecen con indulgencias.

 

Después del Concilio Vaticano II (1962-1965), emerge en la Iglesia Católica una crisis Mariana que alcanza de algún modo la religiosidad popular. Un primer aspecto que resulta problemático, fue la falta de inserción del culto Mariano en el culto litúrgico. No había referencias profundas en la historia de la salvación, con la Cristología y la Eclesiología. Se consideraba como una alternativa, como un tiempo devocional paralelo al tiempo litúrgico, totalmente desligado. Quizás faltó un acompañamiento, una tarea evangelizadora, una guía espiritual de parte de los Pastores para responder de modo vital y fecundo a las exigencias de la piedad popular.