Celebrar la Pascua es conmemorar el triunfo de la vida sobre la muerte

La Pascua, es la fiesta central del cristianismo, pues Cristo, muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe cristiana. La Pascua es manifestación de alegría, visible y contagiosa, que renace de un corazón renovado por el encuentro con el Señor Resucitado y el descubrimiento de su presencia cotidiana en los hermanos, aun en las circunstancias tan particulares de la historia que estamos viviendo. Cristo vive y sigue peregrinando con nosotros. La Pascua es un acto profundo de amor y preocupación de Dios por su pueblo. ¿Somos todos los cristianos conscientes de esto? ¿Lo aceptamos como verdad? O sólo es una fecha en la cual nos sentimos obligados a reunirnos en familia o ir a misa.

Celebrar la Pascua es conmemorar el triunfo de la vida sobre la muerte. La resurrección de Jesucristo no es sólo "un hecho religioso" que se produce en el interior de la intimidad y el silencio de cada uno de nosotros; sino que más bien transforma toda la vida de las personas; renueva a los hombres, a la creación. Nos enseña a vivir y a ver todo desde una perspectiva resucitada. Junto a Cristo, los cristianos debemos celebrar también nuestra propia Pascua, nuestra resurrección. ¿Qué implica vivir hoy como resucitados? ¿Cómo se puede celebrar la resurrección, de forma razonable, en un mundo donde estamos rodeados de violencia, hipocresía, consumismo, injusticias?

 

La Pascua nos invita a echar una nueva mirada a nuestro vivir cotidiano. A alzar nuevamente los brazos en la construcción de un mundo mejor y no dejarnos abatir. Pero nadie puede dar lo que no tiene, y es por eso que, la Pascua, nos compromete a que comencemos a modificar desde nosotros mismo, desde lo sencillo, desde lo cotidiano. Más desde el "ser" que desde el "deber ser". No desde la obligación, sino desde la conversión. Así, podremos cambiar, en la reflexión del principio la palabra muerte por vida, los no por los sí.

"Vive intensamente quien viaja, quien lee, quien oye música, quien encuentra gracia en sí mismo. Vive intensamente quien destruye su amor propio, quien se deja ayudar. Vive intensamente quien no se transforma en esclavo del hábito, repitiendo todos los días los mismos trayectos, quien cambia de marca, se arriesga vestir un color nuevo y le habla a quien no conoce. Vive intensamente quien no hace de la televisión su gurú.

Vive intensamente quien no evita una pasión, quien no prefiere el negro sobre el blanco y los puntos sobre las "íes" a un remolino de emociones, justamente las que rescatan el brillo de los ojos, sonrisas de los bostezos, corazones a los tropiezos y sentimientos. Vive intensamente quien voltea la mesa cuando está infeliz en el trabajo, quien arriesga lo cierto por lo incierto para ir detrás de un sueño, quien se permite, por lo menos una vez en la vida, huir de los consejos sensatos. Vive intensamente quien no pasa los días quejándose de su mala suerte o de la lluvia incesante. Vive intensamente quien no abandona un proyecto antes de iniciarlo, pregunta de un asunto que desconoce o responde cuando le indagan sobre algo que sabe.

No dejemos que el misterio pascual quede reducido a vibrantes liturgias, recuerdos hermosos, debemos ser capaces de vincularlo a todo aquello que forma parte de la vida. Cada uno enfrentándose a sus propias incoherencias y limitaciones. La Pascua es crecimiento, proyecto y libertad asumiendo nuestras responsabilidades. Es espera esperanzada, porque la victoria de Cristo garantiza nuestra victoria. Por eso, para vivirla cristianamente es preciso renovar nuestro compromiso de amor hacia los demás. Sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos (Jn 3, 14).