La Ascensión del Señor

Cuando se cumplen los cuarenta días después de la resurrección, conforme al relato de san Lucas, en su Evangelio y en los Hechos de los Apóstoles, celebramos la solemnidad de la ascensión del Señor. Como el Pueblo de Dios anduvo cuarenta días en su Éxodo del desierto hasta llegar a la tierra prometida, así Jesús cumple su Éxodo pascual en cuarenta días de apariciones y enseñanzas hasta ir al Padre. La Ascensión es un momento más del único misterio pascual de la muerte y resurrección de Jesucristo, y expresa sobre todo la dimensión de exaltación y glorificación de la naturaleza humana de Jesús como contrapunto a la humillación padecida en la pasión, muerte y sepultura.

Por tanto, con la fiesta de la Ascensión del Señor, se cierra el ciclo de las apariciones de Cristo sobre la tierra y que seguirá dando de qué hablar a muchas generaciones más. Y es nuestra alegría porque Cristo ha triunfado: bajó Dios, y subió “hombre”, es decir, es ahora el Dios-hombre que invita a nuestra humanidad a dejar las tontas diferencias raciales, económicas, sociales, culturales y folclóricas, para convertirnos en la familia que camina unida a la Casa del Padre.

 

Jesús entró en los cielos para tomar posesión de su gloria. Mientras estaba en la tierra, gustaba siempre de la visión de Dios; pero únicamente en la Transfiguración se manifestó la gloria de su Humanidad Sacratísima, que, por la Ascensión, se colocó al lado del Padre celestial y quedó ensalzada sobre toda criatura humana.

Hoy no es tiempo de muchas consideraciones, es más bien un momento para alegrarnos por Cristo nuestra cabeza, que sube para prepararnos un lugar, y que se eleva, pero para distribuirse eficazmente entre los que le aman, para impulsar desde dentro, la marcha y la ascensión de todos los que hemos sido llamados al banquete de la vida.

La Iglesia cuenta con el respaldo de Jesús. Él ha prometido su asistencia perpetua, pero eso mismo nos obliga a ir a donde el Evangelio aún no ha llegado, aun en medio de tormentas que siempre habrá en contra del Evangelio de Jesús, para iluminar los caminos que nos acerquen los unos a los otros, y para iluminar el camino hacia el Señor.

Sin embargo, replanteando el asunto, la Ascensión sería apenas un capítulo más, no el último de la vida de Cristo, pues según dice José Luis Martín Descalzo: “la historia completa de Cristo debería prolongarse hasta el fin de los siglos. Jesús no muere al morir, no se va al resucitar, no deja de vivir al desaparecer de entre los hombres. Sigue –literalmente- vivo en su Iglesia, en esta aventura que aún tenemos a medio camino; vive en su Eucaristía; Vive en su palabra; vive en la comunidad; vive en cada creyente; vive, incluso, en cada hombre que lucha por amar y vivir. Y estas cinco presencias son tan reales como las que los apóstoles experimentaron en Galilea o por las calles de Jerusalén”.