San Isidro: El que siembra el bien, bien recoge

El 15 de mayo celebramos la festividad de nuestro patrono: San Isidro. Sus padres eran unos campesinos sumamente pobres que no pudieron enviar a su hijo a la escuela, pero en casa le enseñaron el temor a ofender a Dios, un gran amor hacia el prójimo y un enorme aprecio por la oración, por la Santa Misa y la Comunión. Huérfano y solo en el mundo, cuando llegó a la edad de diez años, Isidro se empleó como peón de campo, ayudando en la agricultura a Don Juan de Vargas, dueño de una finca. Allí pasó muchos años de su vida labrando tierras, cultivando y cosechando. Se casó con una sencilla campesina que también llegó a ser santa: Santa María de la Cabeza (llamada así porque su cabeza se saca en procesión, cuando pasan muchos meses sin llover).

Isidro se levantaba muy de madrugada y nunca empezaba su día de trabajo sin haber asistido antes a la Santa Misa. Varios de sus compañeros muy envidiosos lo acusaron ante el patrón por "ausentismo" y abandono del trabajo. El señor Vargas se fue a observar el campo y notó que sí era cierto que Isidro llegaba una hora más tarde que los otros, pero que mientras Isidro oía misa, un personaje invisible (quizá un ángel) le guiaba sus bueyes y estos araban juiciosamente.

 

Por aquel entonces, los mahometanos se apoderaron de Madrid y de sus alrededores y los católicos tuvieron que huir; Isidro también tuvo que marcharse. Pero sabía aquello que Dios promete varias veces en la Biblia: "Yo nunca te abandonaré", y confió en Dios y fue ayudado por Dios.

Lo que ganaba como jornalero, Isidro lo distribuía en tres partes: una para el templo, otra para los pobres y otra para su familia (él, su esposa y su hijo). En pleno invierno, cuando el suelo se cubría de nieve, Isidro también esparcía granos de trigo por el camino para que las avecillas tuvieran con qué alimentarse. Un día lo invitaron a un gran almuerzo. Se llevó a varios mendigos a que almorzaran también. El que le había invitado le dijo –disgustado- que solamente podía dar comida a él y no a los otros. Isidro repartió su almuerzo entre los mendigos y alcanzó para todos y sobró.

Los domingos los distribuía así: un buen rato en el templo rezando, asistiendo a misa y escuchando la Palabra de Dios. Otro buen rato visitando pobres y enfermos y, por la tarde, a pasear con su esposa y su hijo. Pero un día, dejaron al niño junto a un profundo pozo de sacar agua y en un movimiento brusco del chiquitín, la canasta donde estaba se volcó y cayó dentro del mismo. Lo vieron los esposos y corrieron hasta el pozo, pero éste era tan hondo que no había forma de rescatar al niño. Se arrodillaron y empezaron a rezar con toda fe y las aguas de aquel aljibe fueron subiendo y apareció la canasta con el niño, al que no le había sucedido ningún mal. Volvió después a Madrid y se alquiló como obrero en una finca, pero los otros peones, llenos de envidia, lo acusaron ante el dueño de que trabajaba menos que los demás por dedicarse a rezar y a ir al templo. Entonces, el dueño puso como tarea a cada obrero cultivar una parcela de tierra. Y la de Isidro produjo el doble que las de los demás, porque el Señor le recompensaba su piedad y su generosidad.

En el año 1130, sintiendo que se iba a morir, hizo humilde confesión de sus pecados y recomendando a sus familiares y amigos que tuvieran mucho amor a Dios y mucha caridad con el prójimo, murió santamente. A los 43 años de haber sido sepultado en 1163 sacaron del sepulcro su cadáver y estaba incorrupto, como si estuviera recién muerto. Las gentes consideraron esto como un milagro. Poco después, el rey Felipe III se hallaba gravísimamente enfermo y los médicos dijeron que se moriría de aquella enfermedad. Entonces, sacaron los restos de San Isidro del templo donde los habían llevado cuando los trasladaron del cementerio. Y tan pronto como salieron del templo las reliquias, al rey se le dejó la fiebre y al llegar junto a él, se curó por completo de la enfermedad. A causa de esto el rey intercedió ante el Sumo Pontífice para que declarara santo al humilde labrador, y por este y otros muchos milagros, el Papa lo canonizó en el año 1622 junto con Santa Teresa, San Ignacio, San Francisco Javier y San Felipe Neri.