Pentecostés: la Promesa del Espíritu Santo

El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús

Durante la Última Cena, Jesús les promete a sus apóstoles: “Mi Padre os dará otro Abogado, que estará con vosotros para siempre: el espíritu de Verdad” (Jn 14, 16-17). Más adelante les dice: “Os he dicho estas cosas mientras estoy con vostros; pero el Abogado, El Espíritu Santo, que el Padre enviará en mi nombre, ése os enseñará todo y traerá a la memoria todo lo que yo os he dicho.” (Jn 14, 25-26). Al terminar la cena, les vuelve a hacer la misma promesa: “Os conviene que yo me vaya, pues al irme vendrá el Abogado..., muchas cosas tengo todavía que deciros, pero no os las diré ahora. Cuando venga Aquél, el Espíritu de Verdad, os guiará hasta la verdad completa... y os comunicará las cosas que están por venir” (Jn 16, 7-14).

 

En el calendario del Año Litúrgico, después de la fiesta de la Ascensión, a los cincuenta días de la Resurrección de Jesús, celebramos la solemnidad de Pentecostés. Después de la Ascensión de Jesús, se encontraban reunidos los apóstoles con la Madre de Jesús. Era el día de la fiesta de Pentecostés. Tenían miedo de salir a predicar. Repentinamente, se escuchó un fuerte viento y pequeñas lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de ellos.  Quedaron llenos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas desconocidas. En esos días, había muchos extranjeros y visitantes en Jerusalén, que venían de todas partes del mundo a celebrar la fiesta de Pentecostés judía. Cada uno oía hablar a los apóstoles en su propio idioma y entendían a la perfección lo que ellos hablaban. Todos ellos, desde ese día, ya no tuvieron miedo y salieron a predicar a todo el mundo las enseñanzas de Jesús. El Espíritu Santo les dio fuerzas para la gran misión que tenían que cumplir: Llevar la palabra de Jesús a todas las naciones, y bautizar a todos los hombres en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. En este día es cuando comenzó a existir la Iglesia como tal.

El Espíritu Santo es Dios, es la Tercera Persona de la Santísima Trinidad. La Iglesia nos enseña que el Espíritu Santo es el amor que existe entre el Padre y el Hijo. Este amor es tan grande y tan perfecto que forma una tercera persona. El Espíritu Santo llena nuestras almas en el Bautismo y después, de manera perfecta, en la Confirmación. Con el amor divino de Dios dentro de nosotros, somos capaces de amar a Dios y al prójimo. El Espíritu Santo nos ayuda a cumplir nuestro compromiso de vida con Jesús.