Mártires del siglo XX

Beatificación de 522 mártires de España en el Año de la Fe

En la Carta apostólica Porta fidei, por la que convoca el Año de la fe, que estamos celebrando, el Papa Benedicto XVI dice que en este Año "es decisivo volver a recorrer la historia de la fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado". Según recuerda Benedicto XVI, los mártires, después de María y los Apóstoles son ejemplos únicos de santidad, es decir, de la unión con Cristo por la fe y el amor a la que todos estamos llamados.

Entre otros motivos, celebramos el Año de la fe para conmemorar los cincuenta años de la apertura del Concilio y recibir más y mejor sus enseñanzas. Por eso, es bueno recordar ahora que el Concilio exhorta a todos a la santidad, nos presenta el modelo de los mártires. Algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados y serán llamados siempre, a dar este supremo testimonio de amor delante de todos, especialmente, de los perseguidores. En el martirio, el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte para la salvación del mundo, y se configura con Él derramando también su sangre. Por eso, la Iglesia estima siempre el martirio como un don eximio y como la suprema prueba de amor. Es un don concedido a pocos, pero todos deben estar dispuestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirlo en el camino de la Cruz en medio de las persecuciones, que nunca le faltan a la Iglesia.

Al dirigir una mirada de fe al siglo XX nos damos cuenta de que la Iglesia ha vuelto a ser de nuevo Iglesia de mártires y de su fortaleza frente a los falsos testimonios de los que viven faltos de religión y del ateísmo con  una fe viva y madura. Y desde 1987, la Iglesia que peregrina en España ha sido agraciada con un gran número de estos testigos privilegiados del Señor y de su Evangelio.

 

Ahora, con motivo del Año de la fe, la Iglesia ha reunido a un grupo de 522 mártires españoles que serán beatificados en Tarragona el domingo 13 de octubre. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas, seminaristas y laicos. Todos ellos murieron por su fe. Los había de todas las edades, la mayoría de ellos jóvenes, pero también ancianos.

La vida y el martirio de estos hermanos, modelos e intercesores nuestros, presentan rasgos comunes. Son verdaderos creyentes que, ya antes de afrontar el martirio, eran personas de fe y oración, particularmente centrados en la Eucaristía y en la devoción a la Virgen. Hicieron todo lo posible, a veces con verdaderos alardes de imaginación, para participar en la Misa, comulgar o rezar el rosario, incluso cuando suponía un gravísimo peligro para ellos o les estaba prohibido, en el cautiverio. Mostraron en todo ello, de un modo muy notable, aquella firmeza en la fe que San Pablo se alegraba tanto de ver en los cristianos de Colosas (cf. Col 2, 5). Estos mártires no se dejaron engañar "con teorías y con vanas seducciones de tradición humana, fundadas en los elementos del mundo y no en Cristo" (Col 2, 8); sino todo lo contrario, fueron cristianos de fe madura, sólida y firme. Rechazaron, en muchos casos, los halagos o las propuestas que se les hacían para arrancarles un signo de apostasía o simplemente de minusvaloración de su identidad cristiana. De esta manera, a pesar de que eran personas sencillas y, en muchos casos, débiles humanamente, estos hermanos nuestros no se dejaron intimidar por coacción ninguna, ni moral ni física. Fueron fuertes cuando eran vejados, maltratados o torturados, y murieron perdonando. Por eso, son mártires de Cristo, que en la Cruz perdonó a sus perseguidores.


La Beatificación en el Año de la fe es una ocasión de gracia, de bendición y de paz para la Iglesia y para toda la sociedad. El testimonio de los mártires ha de ayudarnos a profesar con integridad y valor la fe de Cristo a  cada uno de nosotros: pastores, consagrados y fieles laicos.