Nuestra vida de familia cristiana

Este domingo celebramos el día de la Iglesia diocesana. Celebramos que todos los católicos de la Diócesis nos sentimos Iglesia, que tenemos que mostrar la inmensa labor que realiza la Iglesia en cada parroquia, y en la diócesis y participar aún más en sostenerla económicamente, ya que con este pequeño pero gran gesto mostramos nuestra vivencia y pertenencia más profunda a la Iglesia mediante el bautismo.

La labor que realiza la Iglesia en cada parroquia es la catequética, en todas sus dimensiones (infancia, juvenil y adultos) proponiendo a Jesucristo y su Evangelio como aquello que contribuye a la felicidad de todos. Esta educación y formación en la fe de las persona, repercute también directamente en beneficio de la sociedad ya que el cristiano comprometido con su fe, tiene que plasmar sus valores en su familia, trabajo, descanso, etc. Además, recordemos también que la Iglesia hace mucho bien, sin duda y, aún más, a los más pobres, por medio de tantos voluntarios en Cáritas. Pensemos en el beneficio que llega a los padres que bautizan a sus hijos, y a los que están en catequesis; a los que escuchan una palabra de aliento y consuelo de fe en los funerales, a los que visitan o acompañan a los mayores y  enfermos, a los que contemplan religiosamente las imágenes de nuestro templo parroquial; a los que se casan por la iglesia; a los que purifican su corazón cuando se confiesan. Todo ello está siendo atendido por catequistas, voluntarios, religiosas y sacerdotes. Un merecido agradecimiento a todos ellos.

 

No obstante, la realización y sostenimiento de todas las labores de que venimos hablando, generan unos gastos a nuestra parroquia que, entre todos, y sintiéndonos Iglesia y parroquia, tenemos que saber cubrir viviendo la comunión de bienes que nos recuerda la vuelta a los orígenes de la Iglesia en las primeras comunidades cristianas, que lo ponían todo en común para que nadie pasara necesidad, en nuestro caso que a nadie le falte la formación en la fe o la caridad que necesita ("Todos los creyentes vivían unidos y tenían todas las cosas en común, y vendían sus posesiones y bienes y los repartían entre todos según las necesidades de cada uno". [Hch. 2, 44-45]). Compartimos nuestros bienes para que los hombres y mujeres de nuestro tiempo se encuentren con Jesucristo y lleguen por la fe a amar a la Iglesia y se sientan parte fundamental, "piedras vivas" como nos dice San Pedro.

Y para sostener la labor de nuestra Iglesia, y en especial de nuestra parroquia, cada feligrés o feligresa tiene que tener en cuenta su necesaria aportación económica a la parroquia. Esto se puede hacer de varias maneras. Podemos marcar la X en aportación a la Iglesia Católica y a Fines Sociales cuando hacemos la declaración de la renta y no supondrá retención extra por nuestra parte; cada persona o familia puede donar una cantidad fija mensual, trimestral, semestral o anual, según lo estime necesario, mediante una suscripción a la parroquia; también podemos colaborar con mayor frecuencia y constancia en las colectas de los domingos, no sólo en las extraordinarias. Todo eso lo hacemos porque sentimos la parroquia como algo "muy nuestro", porque en ella se casaron nuestros padres, fuimos bautizados y bautizamos a nuestros hijos, aprendimos a ser cristianos en la catequesis, rezamos, celebramos el perdón de Dios en la confesión, hicimos la primera comunión, nos hicieron fuertes en la fe por la Confirmación. Porque los novios se preparan al matrimonio, los enfermos son acompañados, a los difuntos se les despide con un funeral, nos reunimos para celebrar la Santa Misa… y porque queremos que esta buena labor continúe de generación en generación.