¡Este es mi Hijo, adoradle!

Meditaciones para la Cuaresma 2014: Segundo domingo

El centro de ese relato complejo, llamado tradicionalmente “La transfiguración de Jesús,” lo ocupa una Voz que viene de una extraña “nube luminosa,” símbolo que se emplea en la Biblia para hablar de la presencia siempre misteriosa de Dios que se nos manifiesta y, al mismo tiempo, se nos oculta. La Voz dice estas palabras: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto. Escuchadlo”. Los discípulos no han de confundir a Jesús con nadie, ni siquiera con Moisés y Elías, representantes y testigos del Antiguo Testamento. Solo Jesús es el Hijo querido de Dios, el que tiene su rostro “resplandeciente como el sol”. Pero la Voz añade algo más: “Escuchadlo”. En otros tiempos, Dios había revelado su voluntad por medio de los “diez mandatos” de la Ley. Ahora la voluntad de Dios se resume y concreta en un solo mandato: escuchad a Jesús. La escucha establece la verdadera relación entre los seguidores y Jesús.

Esta segunda semana de Cuaresma, la Palabra nos invita a escuchar a Jesús y a adorarle. Por eso, viviremos la semana bajo el lema “¡ÉSTE ES MI HIJO, ADORADLE!” y dedicaremos momentos de Adoración ante el Sagrario, para escuchar Su voz y sentir Su amor. 

 

Al oír esto, los discípulos caen por los suelos “llenos de espanto”: ¿podrán vivir escuchando solo a Jesús, reconociendo solo en él la presencia misteriosa de Dios? Entonces, Jesús “se acerca y, tocándolos, les dice: Levantaos. No tengáis miedo”. Sabe que necesitan experimentar su cercanía humana: el contacto de su mano, no solo el resplandor divino de su rostro. Cuando un creyente se detiene a escuchar en silencio a Jesús, en el interior de su conciencia, escucha siempre algo como esto: “No tengas miedo. Abandónate con toda sencillez en el misterio de Dios. Tu poca fe basta. No te inquietes. Si me escuchas, descubrirás que el amor de Dios consiste en estar siempre perdonándote. Y, si crees esto, tu vida cambiará. Conocerás la paz del corazón”.

En el libro del Apocalipsis se puede leer así: “Mira, estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa”. Jesús llama a la puerta de cristianos y no cristianos. Le podemos abrir la puerta o lo podemos rechazar. Pero no es lo mismo vivir con Jesús que sin él.