La Cincuentena Pascual

Tras la Cuaresma, llega el tiempo del gozo y de la alegría

El día de la Pascua del Señor encierra tanto misterio que no cabe su celebración en una sola jornada. Por eso, la Iglesia dilata este día pleno hasta una duración de cincuenta días naturales, en los que la liturgia hará resonar ininterrumpidamente:

ESTE ES EL DÍA EN QUE ACTUÓ EL SEÑOR, SEA NUESTRA ALEGRÍA Y NUESTRO GOZO

 

Así pues, con la Vigilia Pascual empieza, , la Cincuentena o Tiempo Pascual hasta Pentecostés. En esta cincuentena, la Iglesia vive como un anticipo a aquella felicidad que cree y espera encontrar por la victoria de su Señor Resucitado.

La Cincuentena Pascual es el “tiempo fuerte” por excelencia.

En este tiempo no cabe hacer penitencia: es tiempo de gozo y de alegría. Todo él forma una única Solemnidad.

La primera semana es llamada octava de pascua, ocho días, con un carácter eminentemente bautismal. La octava permitía a los neófitos gustar las delicias de su bautismo, prolongando durante una semana “el día que hizo el Señor” (Sal 117,24), los cuales celebraban la Eucaristía con las vestiduras blancas.

De esta reunión nació la idea de recordar el bautismo todos los domingos con el asperges.

El objetivo de esta semana consistía en que los neófitos recibiesen las últimas catequesis denominadas “mistagógicas.” La octava de Pascua está, pues, en relación con la iniciación a los sacramentos de los recién bautizados en la Vigilia Pascual.

Durante los 7 domingos de Pascua, la liturgia celebra el mensaje pascual de la Resurrección del Señor, la alegría de la Iglesia por la renacida esperanza, la vida nueva de los neófitos y la acción del Espíritu Santo en la comunidad cristiana. Se trata en definitiva, de celebrar prolongadamente la Pascua.

La pascua tiene su culmen en la celebración de la Ascensión del Señor a los cielos como triunfador y Señor, como Cabeza de su Cuerpo total, que es la Iglesia, rescatado de la esclavitud y salvado de la muerte.

Se cierra la Pascua del Señor con el envío, con el “paso” del Espíritu Santo prometido que realizará, a lo largo de las generaciones, la Pascua de Jesús en su Iglesia, visibilizando en ella, para los hombres de cada tiempo, el Cuerpo de Cristo Resucitado.