Fiesta de la Divina Misericordia

Juan Pablo II instituyó esta fiesta que ya era muy popular

El papa Juan Pablo II, que será canonizado hoy, 27 de abril, junto al papa Juan XXIII, dedicó este domingo II de Pascua a la meditación sobre la Divina Misericordia. Al presentarse en medio de sus discípulos, Jesús resucitado no les reprende por haberlo abandonado y negado. Al contrario, les ofrece el don de su paz y les encarga la tarea de transmitir en su nombre el perdón de los pecados. La primera lectura nos ofrece un “sumario” de la vida de las primeras comunidades cristianas. En él se recuerdan los valores de la oración, la comunicación de bienes y el amor que une a todos los hermanos. Por su parte, la primera carta de Pedro, que hoy se lee, subraya los valores cristianos de la fe, la alegría y el amor.

 

El evangelio une dos apariciones de Jesús a sus discípulos. El Maestro los saluda con el deseo de la paz y derrama sobre ellos el Espíritu. Con demasiada frecuencia, se suele calificar al apóstol Tomás como un incrédulo. Olvidamos que él es el único entre los discípulos de Jesús que se había mostrado dispuesto a subir con  su Maestro a Jerusalén y a morir con él si fuese preciso. Ahora parece molesto por dos razones. En primer lugar, porque Jesús se ha aparecido a los discípulos precisamente cuando él estaba ausente. Y, además, porque ve que los que no querían aceptar la muerte de Jesús aceptan su resurrección. Para Tomás no hay resurrección sin muerte. No hay victoria sin llagas. Ni para Cristo ni para su Iglesia. Jesús se hace presente en medio de nosotros. Nos muestra las llagas que dan testimonio de su entrega por nosotros. Nos desea la paz, como el mejor de los dones pascuales. Nos concede su perdón y derrama sobre nosotros su Espíritu para hacernos receptores y portadores de ese perdón.

Además, Jesús nos reserva, en este día, la última de las bienaventuranzas que aparecen en el evangelio: “¡Dichosos los que creen sin haber visto!”. Así es. Los que hemos recibido el don de la fe, nos consideramos dichosos y felices por haber llegado a creer en él, a pesar de no haberlo visto en carne mortal. “¡Dichosos los que creen sin haber visto!”. Esta bienaventuranza nos anima a experimentar “la alegría del Evangelio” y el gozo de anunciarlo y testimoniarlo con nuestra propia vida para que otros puedan llegar a creer. “¡Dichosos los que creen sin haber visto!”. Deseamos y esperamos que la canonización de Juan XXIII y de Juan Pablo II pueda ayudar a nuestros hermanos la alegría de la fe y de la misericordia de Dios.