Pascua del enfermo

El corazón del ser humano se mide por su capacidad para aliviar el sufrimiento propio y ajeno

La Pascua es un tiempo de vida y esperanza para celebrar con gozo el triunfo de Cristo sobre el mal y la muerte. Es la respuesta definitiva a las preguntas que han angustiado a la humanidad desde sus orígenes. En estos días de fiesta, también se celebra la Pascua del Enfermo en la Iglesia española y constituye una excelente oportunidad para evocar algunas claves de referencia cristiana ante el sufrimiento humano, vivido en términos de acompañamiento o en términos de experiencia propia del mismo. Jesús ilumina ambas situaciones con su vida, su praxis y su palabra. Él constituye siempre nuestro referente ético y pastoral para hacer bien al que sufre y hacer bien con el propio sufrimiento.

 

La parábola del Buen Samaritano constituye un regalo saludable para enfermos, personas con discapacidad, personas mayores necesitadas de cuidados, agentes de pastoral…

El Buen Samaritano evoca la urgencia de la compasión ante el sufrimiento ajeno. En nuestros días se está rescatando la importancia de esta actitud genuinamente humana. El corazón del ser humano se mide por su capacidad para aliviar el sufrimiento propio y ajeno. No podríamos hacer una justa lectura de la historia sin el lenguaje de la compasión.

El encuentro compasivo que se lee en la parábola nos invita: “Anda y haz tú lo mismo” (Lc 10, 37) será tal, cuando esté caracterizado por esa gratuidad propia del que siente que no hay nada que ofrecer a cambio de quien se muestra compasivo.

El cristianismo y especialmente San Agustín, habla de compasión como misericordia y amor al prójimo, que viene del amor a Dios.

“Una sociedad que no logra aceptar a los que sufren y no es capaz de contribuir mediante la compasión a que el sufrimiento sea compartido y sobrellevado también interiormente, es una sociedad cruel e inhumana” (Spe Salvi 38). Se subraya así el potencial humanizador de la compasión ante el sufrimiento humano que se encarna, entre otras formas en la empatía que ha de caracterizar todo acompañamiento en el sufrir, con la ternura a la que nos  invita el Papa Francisco a tocar la carne de Cristo en el sufrimiento de los hermanos.

Nos unimos en la oración a quienes se encuentran en el duro trance de la enfermedad, la dependencia, la discapacidad, la violencia o cualquier forma de sufrimiento. Miramos a María, Salud de los enfermos y Consuelo de los afligidos y, viéndola junto a la cruz, hacemos una llamada afectiva y efectiva ante el sufrimiento ajeno para que la compasión sea piedra angular de la evangelización.

Todas aquellas personas que deseen recibir el sacramento de la unción de enfermos, comunicarlo en el despacho parroquial o en la sacristía.