FIELES DIFUNTOS: LA ALEGRÍA ANTE LA RESURRECCIÓN QUE NOS HA ANUNCIADO JESÚS

RESUCITAREMOS CON CRISTO; "Preciosa es a los ojos del Señor, la muerte de sus santos" (Sal 115,15). "Santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Ma 12, 46).

Una solemne y certera afirmación del Concilio Vaticano II, asegura que "el máximo enemigo de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo, pero su máximo tormento es el temor de un definitivo aniquilamiento. Juzga con instinto certero, cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y de la desaparición definitiva de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí se subleva contra la muerte" (GS 18).

El mundo secularizado "en el que el pecado ha adquirido carta de ciudadanía y la negación de Dios se ha difundido en las ideologías, en los conceptos y en los programas humanos" (Juan Pablo en Portugal), divide la vida humana en vida y muerte. En consecuencia pretende extraer de la vida el máximo rendimiento en éxito, poder, dinero y placer, y ante la muerte experimenta horror, espanto, desesperación y angustia.

El hombre siente un terror inevitable ante la muerte. Aunque el espíritu es inmortal, sabe también que siendo criatura biológica tiene que morir. Y aunque la muerte está en manos de Dios, la angustia del hombre ante la muerte es consecuencia del pecado y no castigo impuesto por Dios. Pero como "el hombre no puede vivir sin esperanza porque su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable" (Documento final del Sínodo para Europa, 23 de octubre de 1999), los cristianos planteamos la visión cristiana de la vida y de la muerte con la fe en la resurrección, que es la gran novedad del evangelio de Jesús. Cristo resucitado, convertido en primicia de los que han muerto, explica nuestra vida terrena y nuestra muerte, y nos garantiza la resurrección. "En lugar de la muerte tenía la luz", escribió un poeta. Y otro de los nuestros: "Morir sólo es morir./ Morir se acaba./ Morir es una hoguera fugitiva./ Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba" (Martín Descalzo).

La fe le da un sentido a la muerte. ¿No lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro, a punto de resucitarlo? (Jn 11,40). Y ¿no se sintió triste hasta la muerte en Getsemaní y pidió al Padre que pasara de Él, ese cáliz? (Mt 26,39). Nuestra resurrección seguirá el modelo de Cristo viviendo una vida nueva en la que nos encontraremos a nosotros mismos, pero de un modo diverso: "Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual" (1 Cor 15,42).

Cuando pensamos en la muerte, acuden a nuestra mente nombres de personas, rostros, recuerdos de vivencias compartidas con personas que ya no están,… San Agustín mismo nos cuenta su tristeza al morir su madre y su llanto copioso. Y el alivio nos lo ofrece la fe, pensemos que están con nosotros: son invisibles, pero no están ausentes, nos podemos comunicar con ellos. Están presentes con su oración, inspiraciones, el amor que permanece. Por eso, ofrecemos nuestra oración y sobre todo la Eucaristía.