Fiesta de la Familia

Este año celebramos la fiesta de la Sagrada Familia en el contexto del Año de la Misericordia.  Sólo desde la acogida de la Misericordia divina  podemos creer en la familia, esperar en la familia y amar la familia profundamente. Por ello el lema de este año «Familia, hogar de la misericordia».

Las parábolas que utiliza el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus para recordarnos a Cristo como Buen Pastor (la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del padre y los dos hijos) nos recuerdan la grandeza del amor de Dios y de su corazón a pesar de las divisiones, confrontaciones, que tanto afectan a las familias, muchas veces consecuencia de las decisiones tomadas.

 

Hoy constatamos que el mundo viene atravesado por una gran “crisis de verdad”. De hecho, la modernidad al abrir el camino para la negación de la trascendencia y la posmodernidad para afirmar el eclipse del sentido de Dios y del hombre en muchísimos hombres y mujeres de nuestra generación,  ha provocado una profunda crisis de identidad, dándose una «disociación entre sexualidad y reproducción, entre afectividad y sexualidad, entre fe y vida».

La crisis cultural que vivimos  engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes». Esta crisis deja al hombre actual a la intemperie engañándolo y prometiéndole abundancia, cuando en realidad lo que hace es empobrecerlo, haciendo que en su raíz más profunda, sea víctima  de la enfermedad del relativismo.

Ante esta enfermedad, la Iglesia, como madre y maestra, nos habla de la riqueza del verdadero amor y de la misericordia haciéndonos volver la mirada a Cristo que  nos revela  la unidad del plan de Dios y del corazón del hombre, llamado a salir de la soledad   «Por eso dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán una sola carne». (Gén 2, 24) Desde que el mundo existe nuestros amores nos remiten a otro amor más grande, originario y perfecto. Solo nuestra dureza de corazón nos hace perder el horizonte del don de sí que se nos manifiesta como revelación y regalo. Por eso hay que mirar a Cristo, porque Él mismo es la misericordia para cada uno de nosotros. El corazón de Cristo es un corazón transido por la ternura, es un corazón de carne, que va a marcar en la historia una nueva relación entre lo antiguo y lo nuevo que es Él, el paso de un corazón de piedra a un corazón de carne, de un pueblo cuyo «corazón está lejos de mí», como dirá Isaías (Is 29, 13), a un «corazón nuevo» capaz de amar en un nuevo pacto de fidelidad. Todo se juega en el corazón, «porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6, 21).

La promesa de Cristo es verdadera y nos devuelve la esperanza a la familia, que es el verdadero santuario de la vida, donde esta puede ser preservada desde su concepción, acogida y protegida hasta su madurez. Cada familia está llamada a ser pueblo de la vida y para la vida, a trabajar a favor de la vida para renovar la sociedad. Cuando la familia vive desde ese amor que ha recibido y cuando hace de su hogar un lugar privilegiado para la misericordia se transforma en un don de Dios Amor. Se muestra, de este modo, ante el mundo como un verdadero nido de amor, casa de acogida, misericordia, escuela de madurez humana y lugar propicio para cultivar las virtudes cristianas en los hijos. Solo desde esta misericordia de Dios el hombre puede vivir.