Zaqueo, el publicano

Otro publicano. Por segundo domingo consecutivo, el evangelio nos pone ante otro publicano amable del que aprender. El domingo pasado era aquel que subía con humildad al templo a orar. Este domingo es Zaqueo. En un relato sensible y lleno de elementos adorables, un personaje odioso por su tarea, pues era jefe de publicanos, pasa a convertirse en un discípulo generoso de Cristo. A él también se puede aplicar la advertencia del domingo anterior: “El que se humilla será enaltecido”. El camino del que sube al árbol no es un camino de vanidad, sino de humilde acercarse al Señor. Y su corazón arrepentido dará lugar a su reconocimiento.

No podemos leerlo sin recordar la vocación de Mateo (Cf. Lc 5), aquel cobrador de impuestos que el Señor llama de su puesto de trabajo para que se convierta y le acompañe como discípulo, ante el asombro y el escándalo de todos. La conclusión de aquel relato, “no he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores”, casa muy bien con la de este, “hoy ha llegado la salvación a esta casa, también este es hijo de Abrahám”.

El encuentro de Jesús con Zaqueo supone para el publicano un deseo que, desde lo profundo de su corazón, donde anidaba, ahora puede ser expresado y cumplido, ser llevado a cabo. Y es esa declaración de Zaqueo en la que nos fijamos: Zaqueo no le pide a Jesús que tenga compasión de él, no pide perdón con el corazón contrito por sus pecados, no reclama misericordia. Tampoco Jesús advierte sobre la fe del publicano, ni sobre su arrepentimiento, ni sobre su condición de discípulo. No proclama una palabra de perdón, sino de justificación: “la salvación ha llegado a esta casa”. Jesús proclama, declara lo que ha sucedido.

Eso sí: Zaqueo no se escabulle ante Jesús, de tal manera que el pecador, sin presumir, pero con decisión, advierte de su justicia hacia los pobres, de su reparación por el mal cometido. Jesús cumple así la profecía de Ez 34,11s., donde el profeta advertía de la tarea del Señor de buscar a las ovejas perdidas para reconducirlas.


Es por esta actitud ante Zaqueo que Jesús merece el calificativo “amigo de la vida” que escuchamos en la primera lectura. El que perdona es amigo de la vida: el que perdona permite que el otro saque lo mejor de sí, y que de su mejora se beneficien los que han padecido cualquier tipo de daño o de mal.

Por eso, a la clemencia del Señor se responde con la acción de gracias del pecador. Esta actitud, descrita en el salmo responsorial, pone al hombre rehabilitado en el camino del seguimiento de Cristo. Hace de aquel que se doble por el pecado una persona honesta, recta, deseosa, como Zaqueo, de responder al Señor con una vida generosa entre los suyos. La generosidad del hombre como consecuencia de la generosidad de Dios provoca un movimiento social, permite a otros experimentar la bondad y fidelidad de Dios.

Zaqueo entra en casa como quien entra en la Iglesia, y allí no se siente señalado por otros, no es despreciado o separado por sus faltas y pecados, sino que, por el contrario, se sabe entre testigos de la misericordia y del poder rehabilitador de Dios. ¿Sé verme yo así en la Iglesia? ¿Acepto a los hermanos como a quienes el Señor ha acogido y visitado con cariño? ¿Me alineo con los que miran con recelo o con los que se alegran del encuentro con Cristo? Así, en la Iglesia, ya no se trata de “otro publicano”, sino de “un hijo de Abraham”, un creyente que ha acogido el amor de Dios.