El verdadero significado de la Navidad

La fiesta de Navidad fue instituida por la Iglesia en el siglo IV y se celebra el 25 de diciembre, es la celebración de un acontecimiento: el nacimiento del Señor, suceso decisivo en la historia de la salvación. Se lee en las profecías: Porque un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado; le ponen en el hombro el distintivo del rey y proclaman Su nombre: “Consejero admirable, Dios fuerte, Padre que no muere, príncipe de la Paz." (Is 9, 5). Ese hecho fue de tal magnitud que el Cielo lo celebró alabando a Dios con estas palabras: "Gloria a Dios en lo más alto del cielo y en la tierra paz a los hombres: ésta es la hora de su gracia". (Lc 2, 13-14). Nosotros, los beneficiados tenemos motivos y verdadera obligación de celebrarlo.

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Fiesta de la Familia

Este año celebramos la fiesta de la Sagrada Familia en el contexto del Año de la Misericordia.  Sólo desde la acogida de la Misericordia divina  podemos creer en la familia, esperar en la familia y amar la familia profundamente. Por ello el lema de este año «Familia, hogar de la misericordia».

Las parábolas que utiliza el papa Francisco en la bula Misericordiae vultus para recordarnos a Cristo como Buen Pastor (la de la oveja perdida, la de la moneda extraviada y la del padre y los dos hijos) nos recuerdan la grandeza del amor de Dios y de su corazón a pesar de las divisiones, confrontaciones, que tanto afectan a las familias, muchas veces consecuencia de las decisiones tomadas.

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A las puertas de la navidad

Estamos  a las puertas de la Navidad, El Niño Dios nace en nuestros hogares, en nuestra parroquia en nuestras vidas. Acojámoslo con sencillez con amor. Feliz navidad

La Puerta Santa

Como podéis ver, nuestra parroquia, ha colocado en la entrada una réplica de la Puerta Santa que el Santo Padre ha abierto en Roma, en la Basílica de San Pedro, con motivo del año Santo de la Misericordia el día 8 de Diciembre de 2015, Fiesta de La inmaculada Concepción.

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Retiro de adviento: Jesús nos transforma por la Misericordia de Dios

El pasado sábado tuvimos el retiro de Adviento y el padre José Manuel, vicario parroquial de la Parroquia de San Isidro, nos habló sobre cómo vivir este tiempo, qué esperar y cómo aprovecharlo para dejar que transforme nuestra vida entera. Nos preparamos para la venida del Señor y Dios, que es Amor, quiere que vivamos esperanzados. Por eso nos dio a Su Hijo, Jesús, que con Su sacrificio puso a nuestro alcance la vida eterna y nos abrió el camino al Padre, dio sentido a nuestra existencia y nos dio esperanza. Sabiendo que el Cielo nos espera, que el amor infinito del Padre nos espera, deberíamos vivir tranquilos y esperanzados. Sin embargo, muchas veces dejamos que las preocupaciones nos absorban, olvidando que todos los problemas se solucionan en el Señor. Porque la preocupación más grande del hombre, que es la muerte, Dios ya la alivió dándonos la resurrección. El Padre José Manuel hacía un símil con el embarazo de una mujer; gestamos y damos a luz con molestias, náuseas, dolores y mucha preocupación por que todo vaya bien. Pero el fin vale todo ese sufrimiento; cuando vemos la cara de nuestro hijo, se nos olvida todo ese mal trago.

Y es que Dios es el único que puede sanar el corazón del hombre y para eso se abaja; esa es la alegría del Evangelio. Mientras que nosotros, en esta sociedad siempre queremos ser los primeros (los mejores, los más ricos, con el mejor trabajo, los más populares, etc…) Dios, que quiere transformar nuestra vida, nos manda a Jesús que se abaja, se hace lo más pequeño y viene como un bebé (débil y desprotegido), viene pobre, obediente, desterrado, ejecutado,… Se puso siempre en último lugar para ponernos a nosotros en primer lugar, como hacemos los padres con los hijos. Eso es el Amor de padre! Es el abajarse de Dios, que decía Charles de Foucauld. Dios nos trata con Amor, para que nosotros tratemos con amor a los demás y así, no sólo transformaremos nuestras vidas, sino también las de los que nos rodean. Pero para ello tenemos que aceptar esa transformación, decir SÍ a Dios, como el SÍ de María, que no pensó en el “qué dirán”, no pensó en cómo afectaría a su vida, no luchó contra ello, sino que le dijo a Dios “hágase en mí Tu voluntad”. Por eso, el Adviento, es hacerse un hombre nuevo, porque Dios toca nuestras vidas y nos cambia para siempre. Pero esta transformación no es sólo para un rato, no debe quedarse sólo en el tiempo de Adviento, sino que debe perdurar durante el resto de nuestra vida. Para eso, Dios se hace lo más pequeño, lo más “vulgar”, que es un trozo de pan; entra en nosotros y, como una semilla, germina y se gesta ese cambio.

Nos recordaba el padre José Manuel, que Dios nos invita a ser hombres nuevos, con la esperanza de un corazón abierto a recibir Su Amor. La verdadera esperanza cristiana es que Dios nos ha creado en Su Amor y en el amor de los unos a los otros; “se te examinará en el Amor”, decía San Juan de la Cruz. El padre Juan Manuel nos invita a vivir verdaderamente la Pascua (Pascua significa “paso”), recordando que hay dos Pascuas en el año litúrgico: La Pascua de Resurrección –paso de la tierra al Cielo- y Pascua en Navidad -paso del Cielo a la tierra-. Este Adviento, vivamos la Pascua; dejemos que Jesús nazca en nuestro corazón.