Santa María la Real de la Almudena

Queridos Hermanos:

 Cercana ya la fiesta de nuestra Madre y Patrona, Santa María la Real de la Almudena, os invito a participar en el Triduo, y a la Eucaristía el día 9 de Noviembre, a las 11.00 h., en la Plaza Mayor, y a continuación a la procesión por las calles de Madrid.

Estamos invitados en este día grande para todos los madrileños, a celebrar la fiesta de nuestra Madre. Madrid venera desde tiempo inmemorial como patrona a la Virgen María, y de forma especial, desde el año 1085, en el que se encontró su imagen en el muro de la Cuesta de la Vega, de donde toma su nombre “Almudena”.

Desde el año 1646, en el que el pueblo de Madrid y su concejo hizo el llamado voto de la Villa, como acción de gracias a la Virgen por haberla salvado de tantas calamidades, los madrileños siguen fieles a dicho Voto: “asistir a la festividad de Nuestra Señora de la Almudena…perpetuamente por siempre jamás”.

Por ello, en esta ocasión os convoco de nuevo a celebrar como familia diocesana, este día en torno a la Virgen María. Os llamo a todos, pues la Virgen no tiene ni pone fronteras, todos son sus hijos.

El lema que hemos escogido es “MARÍA MADRE DE MISERICORDIA”, siguiendo al papa francisco que nos convoca a celebrar el “Año de la Misericordia”.

Y como gesto concreto, en la ofrenda de flores a la Virgen, se ofrecerán también alimentos no perecederos.

María nos abre y nos regala la puerta de la misericordia que es el mismo Jesucristo y nos anima a acoger con entrañas fraternas a todos, especialmente a quienes en este momento están más necesitados, y nos invita a asumir en nuestra vida este compromiso esencial para la renovación y misión de la Iglesia.

El Papa Francisco nos dice:

“María atestigua que la misericordia del Hijo de Dios no conoce límites y alcanza a todos sin excluir a ninguno. Dirijamos a ella la antigua y siempre nueva oración Salve Regina, para que nunca se canse de volver a nosotros sus ojos misericordiosos, y nos haga dignos de contemplar el rostro de la misericordia, su Hijo Jesús.” (M.V. 24)

Que Santa María la Real de la Almudena nos siga acompañando en el camino y haga de nosotros auténticos rostros de la Misericordia de Dios.

Con gran afecto os bendice,

 + Carlos, Arzobispo de Madrid

FIELES DIFUNTOS: LA ALEGRÍA ANTE LA RESURRECCIÓN QUE NOS HA ANUNCIADO JESÚS

RESUCITAREMOS CON CRISTO; "Preciosa es a los ojos del Señor, la muerte de sus santos" (Sal 115,15). "Santo y saludable es el pensamiento de orar por los difuntos para que queden libres de sus pecados" (2 Ma 12, 46).

Una solemne y certera afirmación del Concilio Vaticano II, asegura que "el máximo enemigo de la vida humana es la muerte. El hombre sufre con el dolor y con la disolución progresiva del cuerpo, pero su máximo tormento es el temor de un definitivo aniquilamiento. Juzga con instinto certero, cuando se resiste a aceptar la perspectiva de la ruina total y de la desaparición definitiva de su personalidad. La semilla de eternidad que lleva en sí se subleva contra la muerte" (GS 18).

El mundo secularizado "en el que el pecado ha adquirido carta de ciudadanía y la negación de Dios se ha difundido en las ideologías, en los conceptos y en los programas humanos" (Juan Pablo en Portugal), divide la vida humana en vida y muerte. En consecuencia pretende extraer de la vida el máximo rendimiento en éxito, poder, dinero y placer, y ante la muerte experimenta horror, espanto, desesperación y angustia.

El hombre siente un terror inevitable ante la muerte. Aunque el espíritu es inmortal, sabe también que siendo criatura biológica tiene que morir. Y aunque la muerte está en manos de Dios, la angustia del hombre ante la muerte es consecuencia del pecado y no castigo impuesto por Dios. Pero como "el hombre no puede vivir sin esperanza porque su vida, condenada a la insignificancia, se convertiría en insoportable" (Documento final del Sínodo para Europa, 23 de octubre de 1999), los cristianos planteamos la visión cristiana de la vida y de la muerte con la fe en la resurrección, que es la gran novedad del evangelio de Jesús. Cristo resucitado, convertido en primicia de los que han muerto, explica nuestra vida terrena y nuestra muerte, y nos garantiza la resurrección. "En lugar de la muerte tenía la luz", escribió un poeta. Y otro de los nuestros: "Morir sólo es morir./ Morir se acaba./ Morir es una hoguera fugitiva./ Es cruzar una puerta a la deriva / y encontrar lo que tanto se buscaba" (Martín Descalzo).

La fe le da un sentido a la muerte. ¿No lloró Jesús ante el sepulcro de Lázaro, a punto de resucitarlo? (Jn 11,40). Y ¿no se sintió triste hasta la muerte en Getsemaní y pidió al Padre que pasara de Él, ese cáliz? (Mt 26,39). Nuestra resurrección seguirá el modelo de Cristo viviendo una vida nueva en la que nos encontraremos a nosotros mismos, pero de un modo diverso: "Se siembra en corrupción y resucita en incorrupción; se siembra en vileza y resucita en gloria; se siembra en flaqueza y resucita en fuerza; se siembra cuerpo animal y resucita cuerpo espiritual" (1 Cor 15,42).

Cuando pensamos en la muerte, acuden a nuestra mente nombres de personas, rostros, recuerdos de vivencias compartidas con personas que ya no están,… San Agustín mismo nos cuenta su tristeza al morir su madre y su llanto copioso. Y el alivio nos lo ofrece la fe, pensemos que están con nosotros: son invisibles, pero no están ausentes, nos podemos comunicar con ellos. Están presentes con su oración, inspiraciones, el amor que permanece. Por eso, ofrecemos nuestra oración y sobre todo la Eucaristía. 

Sínodo de la Familia

DIOS CAMINA JUNTO A LAS FAMILIAS PARA GUIARLAS

Hace unos días concluyó el Sínodo de la Familia en Roma. El resultado es un documento de 94 puntos en el que hay decenas de propuestas. No hay condenas, sino un mensaje de esperanza para quienes han decidido formar una familia y para quienes están afrontando los obstáculos de ese camino.
El Papa Francisco explicó al finalizar esta importante reunión de obisposque la palabra “sínodo” significa “caminar juntos”. Y esto es aquello “que hemos vivido” y “la experiencia de la Iglesia en camino, en camino especialmente con las familias del Pueblo santo de Dios disperso en todo el mundo. (…) Dios nos dice que es el primero en querer caminar junto a nosotros, en querer hacer ‘sínodo’ con nosotros. Desde siempre y por siempre, su ‘sueño’, es el de formar un pueblo, reunirlo, guiarlo hacia la tierra de la libertad y de la paz”.
En poco tiempo el Santo Padre publicará un documento, tomando como base la relación final, aprobada por unanimidad por los Padres sinodales.
Resumimos en siete los temas de más importantes tratados en el Sínodo y presentes en el documento conclusivo:
1. Invitación a mirar de otro modo: Los obispos piden a los cristianos que cultiven una mirada de comprensión y de esperanza ante realidades tan dolorosas como la soledad o el fracaso matrimonial.
2. La Preparación para el Sacramento del Matrimonio: Una de las ideas recurrentes del documento es que mejore la preparación al matrimonio. Hay acuerdo en que no es eficaz dar sólo cinco o seis clases antes de la boda. Se propone que las familias se impliquen más en la ayuda a otras familias, no sólo en situaciones especiales.
3. La Apertura a la vida y la educación sexual: Los obispos proponen que los padres se impliquen realmente en la educación sexual de sus hijos, pues una afectividad estable es la clave de la felicidad y de la duración de un futuro matrimonio.
4. Sobre las parejas que conviven: El texto se fija mucho en los jóvenes que no están casados pero que conviven establemente. Dice que muchos de ellos viven la fidelidad y la apertura a la vida, elementos propios del matrimonio. Proponen una atención sobre ellos, para que se encaminen hacia el sacramento del matrimonio.
5. Invitación a formar la conciencia en las personas divorciadas vueltas a casar: En el caso de las personas divorciadas que se han vuelto a casar civilmente y que quieren volver a recibir los sacramentos, el Sínodo propone que un sacerdote les ayude a formar la conciencia y a descubrir en qué situación están ante Dios.
6. Sobre las personas homosexuales: En cuanto a las personas homosexuales, se recuerda que “cada persona debe ser acogida con respeto, evitando cualquier marca de injusta discriminación”. También dice que “no se pueden establecer analogías entre las uniones entre personas homosexuales y el proyecto de Dios sobre matrimonio y familia”.
7. Acerca de las familias emigrantes: Sobre las personas que se han visto forzadas a dejar su país para empezar una nueva vida, los obispos piden que las diócesis y parroquias trabajen para que se respete la dignidad de estas personas y se las acoja y atienda con solicitud

 

TODOS LOS SANTOS: LA SANTIDAD ES UN OBJETIVO ALCANZABLE PARA LOS CRISTIANOS

Los santos que la liturgia celebra en esta solemnidad no son sólo aquellos canonizados por la Iglesia y que se mencionan en nuestros calendarios. Son todos los salvados que forman la Jerusalén celeste. San Bernardo decía: «No seamos perezosos en imitar a quienes estamos felices de celebrar». Es, por lo tanto, la ocasión ideal para reflexionar en la «llamada universal de todos los cristianos a la santidad».

Lo primero que hay que hacer, cuando se habla de santidad, es liberar esta palabra del miedo que inspira. La santidad puede comportar fenómenos extraordinarios, pero no se identifica con ellos. Si todos estamos llamados a la santidad es porque está al alcance de todos, forma parte de la normalidad de la vida cristiana.

La santidad no reside en las manos, sino en el corazón; no se decide fuera, sino dentro del hombre, y se resume en la caridad. Los mediadores de la santidad de Dios ya no son lugares (el templo de Jerusalén o el monte de las Bienaventuranzas), ritos, objetos y leyes, sino una persona, Jesucristo. En Jesucristo está la santidad misma de Dios que nos llega en persona. Él es «el Santo de Dios» (Jn 6, 69). La santidad es don, gracia. Ya que pertenecemos a Cristo más que a nosotros mismos, habiendo sido «comprados a gran precio», la santidad de Cristo nos pertenece más que nuestra propia santidad. 

Pablo declara solemnemente que no quiere ser hallado con una justicia suya, o santidad, derivada de la observancia de la ley, sino únicamente con aquella que deriva de la fe en Cristo (Flp 3, 5-10). Cristo, dice, se ha hecho para nosotros «justicia, santificación y redención» (1 Co 1, 30). «Para nosotros»: por lo tanto, podemos reclamar su santidad como nuestra.

Además de tratar de alcanzar la santidad a través de la fe y de los sacramentos, debemos hacerlo, también, a través de la imitación; el esfuerzo personal y las buenas obras. Porque ésta es la forma de manifestar la fe, traduciéndola en acto. Cuando Pablo escribe: «Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación», está claro que entiende precisamente esta santidad que es fruto del compromiso personal. Añade, de hecho, como para explicar en qué consiste la santificación de la que está hablando: «que os alejéis de la fornicación, que cada uno sepa poseer su cuerpo con santidad y honor» (1 Ts 4, 3-9).

«No hay sino una tristeza: la de no ser santos», decía LéonBloy, y tenía razón la Madre Teresa cuando, a un periodista que le preguntó a quemarropa qué se sentía al ser aclamada santa por todo el mundo, le respondió: «La santidad no es un lujo, es una necesidad».