La Cuaresma, un camino de todo el año

Cuaresma, tiempo de pensar en la conversión y en el verdadero arrepentimiento, es el período de vivir nuestra reconciliación con Dios. “Convertíos, porque el Reino de los Cielos ha llegado”, es la llamada con la que Jesucristo inicia su predicación.

 

Pero, por qué nos cuesta acoger esta llamada del Señor, por qué nos es difícil el arrepentimiento sincero, por qué no nos damos tiempo en pensar en el arrepentimiento. ¿Acaso son tantas las cosas o preocupaciones de nuestra vida moderna, que no nos queda tiempo para preocuparnos de convertirnos, de arrepentirnos y de reconciliarnos? La cuestión principal es cómo quiere Dios que sean sus hijos.

Estamos habituados a pensar que todo cristiano debe realizar obras piadosas y buenas, sobre todo en este período de Cuaresma. Tal modo de pensar es correcto, pero no completo. La oración, la limosna y el ayuno requieren ser comprendidos más profundamente si queremos introducirlos más a fondo en nuestra vida y no considerarlos simplemente como prácticas pasajeras, que exigen de nosotros sólo algo momentáneo o que sólo momentáneamente nos privan de algo. Pensando así, no llegaremos al verdadero sentido y fuerza que la oración, el ayuno y la limosna tienen en el proceso de la conversión a Dios.

No se trata sólo de prácticas pasajeras, sino de actitudes constantes que dan una forma duradera a nuestra conversión a Dios. La Cuaresma, como tiempo litúrgico, dura sólo cuarenta días al año: en cambio, debemos tender siempre a Dios; esto significa que es necesario convertirse continuamente. La Cuaresma debe dejar una huella fuerte e imborrable en nuestra vida. Debe renovar en nosotros la conciencia de nuestra unión con Jesucristo, que nos hace ver la necesidad de la conversión y nos indica los caminos para realizarla. La oración, el ayuno y la limosna son precisamente los caminos que Cristo nos ha indicado