La casa donde se vive más y mejor es la casa del Padre

“…he pecado contra el cielo y contra ti; 
ya no merezco llamarme hijo tuyo.”
 

(Lc 15)

Quisiera llamar la atención sobre estas palabras.  Siempre pensamos que la felicidad la podemos alcanzar fuera…, más que dentro de nuestra propia casa. No somos unos impuros y otros puros, ni otros plantas venenosas y otros plantas perfumadas. Eso sí… Dios a todos trata por igual. ¡Qué matemática tan rara la de Dios! ¡Qué desconcertante Dios!

Dios respeta nuestra libertad. Sufre, estoy convencido,  al sentir y contemplar a este mundo nuestro tan de espaldas a Él. No me cuesta esfuerzo imaginar a un Dios, con lágrimas en sus ojos,  al comprobar cómo la vieja Europa va alejándose montada en el euro o muriendo en pos de sueños vanos, amenazada por la inseguridad o la ansiedad insaciable de los que quieren vivir a costa de cualquier precio.

 

Sufre Dios, pero deja que actuemos en libertad, e incluso a pesar de que muchos hagan dentellada o lancen pedradas contra la casa del Padre. Hoy el hombre, que escapa lejos de Dios, que vive embelesado en su propio rigor y sistema, siente de momento pocas ganas de volver hacia atrás.

¿Qué ocurre cuando el capital vacía de falsas alegrías el corazón del hombre?

¿Qué ocurre cuando el hombre siente que está arruinado porque gastó lo que aparentemente ganó?

¿Se acostumbrará el ser humano a cambiar el traje de señor por el de esclavo?

Esta tierra nuestra, será hija pródiga el día en que le fallen sus esquemas, en el instante en que explote su arrogancia. Tarde o temprano su pensamiento será ocupado por lo que ha perdido y, al estar lejos, valorará, añorará y gritará:DIOS, y volverá a la casa del Padre.

Entonces descubrirá que “en el fondo, todo lo que ocurre es consecuencia de la ausencia de Dios en el mundo”.

La cuaresma es un buen “buscador” para encontrar esas sendas de vuelta atrás para encontrar los caminos que van derechos a la casa donde se vive más y mejor: la casa del Padre.