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Carta Apostólica de Benedicto XVI

El Papa ha convocado el Año de La fe mediante la carta apostólica “PORTA FIDEI“ (La Puerta de la Fe). Es una carta muy densa de contenido donde, en 15 apartados nos va mostrando el verdadero camino hacia la autentica fe.

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Ha resucitado, no está aquí

La Resurrección de Cristo es la base fundamental de nuestra fe

La cita es de Mc. 16, 16. La resurrección nos sitúa ante el poder de Dios que es capaz de resucitar a los muertos y de crear de la nada, ante un Dios que  es un Dios de vivos y no de muertos. La resurrección, en la Sagrada Escritura, se refiere a la vida como participación en la vida divina. El resucitado está pleno de vida y es la misma vida que nos ofrece Dios.

Cristo no sólo resucitó de hecho, sino que es la resurrección y la vida (Jn. 11,25) y también esperanza de nuestra resurrección porque la resurrección de Cristo no es algo cerrado en sí misma. Sino que ha de extenderse alguna vez a los que son de Cristo. En el Concilio XI de Toledo (675) se expone la doctrina de la resurrección afirmando que la fe se refiere a la resurrección en la carne en que vivimos, subsistimos y nos movemos. Por tanto, el cuerpo que estuvo clavado en la cruz, es el mismo cuerpo que ha resucitado y se manifiesta a los discípulos y es un cuerpo transformado gloriosamente. Por eso Jesús resucitado no sólo in-vitó a los discípulos para que lo palparan, porque “un espíritu no tiene carne y huesos como veis que tengo yo”, sino que les mostró las manos y los pies para que comprobaran que “yo soy el mismo” (Lc. 24,39); sin embargo, en su resurrección no volvió a las condiciones de la vida terrestre y mortal. En los símbolos de la fe existen fórmulas dogmáticas llenas de realismo con respecto al cuerpo de la resurrección. La resurrección se hará en la carne en que vivimos ahora. Por tanto, es el mismo cuerpo el que ahora vive y el que resucitará. Esta fe aparece desde la teología cristiana de los primeros siglos. Así San Ireneo admite la transfiguración de la carne porque siendo mortal y corruptible, se hace inmortal e incorruptible en la resurrección final y la resurrección se hará en los mismos cuerpos en los que habían muerto.

Y dado que la resurrección no se puede explicar independientemente del cuerpo que vivió, ¿cómo comprobamos la resurrección de Cristo? Ciertamente, Jesucristo después de ser crucificado, estuvo muerto y enterrado. La resurrección de Cristo es un hecho que ha su-cedido en la realidad, y es histórica y física en razón de las huellas dejadas en nuestro mundo y de las que dan testimonio los apóstoles.

San Marcos afirma “Ha resucitado, no está aquí” (Mc. 16,6). Cristo estaba muerto en la cruz y le depositaron en el sepulcro. Y la fe en la resurrección de Jesucristo parte del sepulcro vacío como hecho histórico, y los apóstoles no habrían creído en su resurrección de haber encontrado su cadáver en el sepulcro. El sepulcro vacío sólo tiene dos explicaciones; o alguien se llevó el cadáver o Cristo resucitó. El cadáver no lo robaron los enemigos de Cristo porque al correrse la noticia de la resurrección, la hubieran refutado enseñando el cadáver, y si no lo hicieron es porque no lo tenían. Tampoco lo tenían sus amigos porque nadie muere mártir  por defender lo que sabe que es mentira. Luego si Cristo estaba muer-to, y el sepulcro estaba vacío, y nadie robó el cadáver, sólo queda una explicación:

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