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Carta Apostólica de Benedicto XVI

El Papa ha convocado el Año de La fe mediante la carta apostólica “PORTA FIDEI“ (La Puerta de la Fe). Es una carta muy densa de contenido donde, en 15 apartados nos va mostrando el verdadero camino hacia la autentica fe.

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Descubrir a Jesús es el camino a la felicidad

La certeza de que Dios no abandona nunca a sus criaturas nos conforta

Hoy en día, la mayoría vamos a lo nuestro, caminamos sin mirar alrededor, en la mayoría de ocasiones por egoísmo, para no sufrir: “ojos que no ven, corazón que no siente”. Pero en realidad, todos buscamos a Dios. Somos ovejas descarriadas que necesitamos al Pastor que nos muestre el camino a casa, somos niños que necesitamos la guía de nuestro Padre. Nos sentimos vacíos, intentamos llenar el hueco con lo que, desacertadamente, creemos que nos satisface; diversiones banales, adquirir objetos nuevos, dedicar tiempo a nuestras aficiones… Y, a veces, por un corto período de tiempo, parece que eso nos llena, que nos hace felices. Pero de pronto y sin previo aviso, el vacío regresa: “¿por qué vuelvo a sentir-me así?” Muchos hemos oído hablar, desde siempre, del Amor del Padre –el Único capaz de llenarlo todo– y nos hemos aprendido los dogmas igual que la tabla de multiplicar: sin sen-tirlo, sin creerlo profundamente. Y un día, meditando sobre cómo llenar ese vacío, decidi-mos darle una oportunidad a esta historia que tantas veces hemos escuchado del Amor In-finito de Dios; quizá con incredulidad al principio, quizá con desconfianza.

Empiezo por leer el Evangelio y lo que más me impacta es el profundo amor de Jesús por los hombres, hecho realidad a través del servicio al prójimo. “Yo también quiero ser así, quiero amar a mis hermanos.” Y empiezo a comprometerme en la labor de voluntariado con los más desfavorecidos; empiezo por poca cosa y cada vez voy adquiriendo más com-promisos. Pero esta labor, a la vez que me acerca a Jesús y me hace entenderle mejor y quererle más, me hace sentir cada vez más pequeña y menos útil; cuanto más me com-prometo, más crece en mí la sensación de no hacer lo suficiente, porque progresivamente voy tomando conciencia de las muchas necesidades que hay que cubrir.

Además, un buen día, llega la Semana Santa; tiempo de conmemorar la muerte y resurrección del Señor. Ahora que he empezado a amar a Cristo, tengo que revivir con Él Su calva-rio y Su Cruz. Ahora, que le he visto con los ojos del corazón, tengo que ver cómo se so-mete a la mayor de las torturas. Y sufro pensando que yo también soy uno de los centurio-nes que le azotan y le golpean, sufro al identificarme con el sanedrín que le incrimina por interés, sufro al creerme como Judas, que le traiciona por avaricia. Pero lo más triste, es que Él se somete a todo por salvarme a mí y yo se lo pago así…

Mientras tanto, lo único que me alivia es que ya conozco el final: Él va a resucitar y va a estar junto al Padre para, desde allí, seguir mostrándome el camino de vuelta a casa. Él sí que es un buen amigo; vela conmigo y no se duerme mientras yo sufro en el Huerto de Getsemaní, no me abandona en mi cruz. Gracias a que siempre tengo Su mano tendida para sujetarme y Su luz para iluminar mi camino, nunca más me sentiré sola, perdida, desamparada… Ahora ya sé que Él me espera al final del camino y que cada desgracia, cada pena, me acerca más a Él. Ahora todo cobra sentido, porque existe una meta, un final –principio– feliz para todos.

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