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Carta Apostólica de Benedicto XVI

El Papa ha convocado el Año de La fe mediante la carta apostólica “PORTA FIDEI“ (La Puerta de la Fe). Es una carta muy densa de contenido donde, en 15 apartados nos va mostrando el verdadero camino hacia la autentica fe.

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Jornada de la Vida Consagrada

La vida consagrada es parte esencial de la Iglesia, algo querido por el mismo Cristo. Es la llama que alumbra continuamente, sin apagarse y con humildad devota,  a los pies del sagrario.

La Iglesia nace como una respuesta a una invitación. Dios llama, Dios ofrece su amor a todos los hombres. Cada uno puede acoger la llamada. El sí personal de cada hombre, de cada mujer, se convierte en la puerta de ingreso en la Iglesia. Desde este sí empezamos a vivir como salvados, nos convertimos en luz del mundo y sal de la tierra.

Todos los bautizados pueden participar en esta respuesta de amor. Pero lo hacen según vocaciones distintas. Los ministros sagrados (especialmente los obispos) enseñan la Palabra, administran los sacramentos, apacientan y gobiernan al Pueblo de Dios. Los laicos anuncian el Evangelio en la vida cotidiana. Entonces, ¿qué lugar ocupa la vida consagrada en la Iglesia, que son los religiosos y las religiosas?

El lugar que ocupan los consagrados es muy particular: han sido llamados a responder de modo profundo, total, a una inspiración del Espíritu Santo que invita, hoy como siempre, a algunos hombres y mujeres a imitar de un modo más íntimo a Cristo.

Son muy variadas las maneras en las que algunos bautizados, laicos o también sacerdotes, viven esta llamada de Dios a la vida consagrada. Unos lo hacen como eremitas. Otros, como monjes (según la vida monástica). Otros, como vírgenes o en el orden de las viudas. Otros, en formas de contemplación. Otros, en la vida apostólica activa.

De una forma o de otra, cada estilo de vida consagrada hace presente a Jesucristo en nuestro tiempo. Los contemplativos nos hacen presente a Jesús que subía al monte a orar a su Padre. Otros lo hacen desde la asistencia a los pobres, los ancianos y los enfermos (tantos consagrados que trabajan con los más humildes y los más necesitados); imitan de esta forma a Jesús en su servicio cariñoso a los hombres y mujeres que sufren en todos los tiempos. Otros lo hacen como transmisores del Evangelio (misioneros), como educadores (en la enseñanza o el trabajo con los niños, jóvenes o adultos), o de otras maneras según la inspiración del Espíritu; de este modo, continúan la predicación de Cristo que iba de ciudad en ciudad anunciando la Buena Noticia.

Hay un elemento común a las distintas formas de consagración a Dios: los votos de pobreza, de castidad y de obediencia. Los votos religiosos no son una novedad: arrancan del compromiso bautismal, y buscan vivirlo en plenitud, según una llamada por parte de Dios.

Los votos se viven según el espíritu de alguna tradición monástica o del carisma recibido por algún Fundador. Cada carisma debe ser valorado y reconocido por la Iglesia como garantía de su autenticidad y de su procedencia del verdadero Espíritu de Cristo.

La vida consagrada, por lo tanto, es parte esencial de la Iglesia, algo querido por el mismo Cristo. Como nos dice el documento del Papa dedicado a este tema, “la vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión” (Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal “Vida consagrada”, n. 3).

Hemos de recordar y agradecer a Dios el que siga invitando a tantos hombres y mujeres a vivir su llamada bautismal de un modo especialmente intenso y profundo, gracias a tantas congregaciones, órdenes religiosas y otras formas de vida consagrada que enriquecen y alientan la belleza de todo el pueblo cristiano y, en concreto, de cada una de las diócesis del mundo.

La vida consagrada es parte esencial de la Iglesia, algo querido por el mismo Cristo. Es la llama que alumbra continuamente, sin apagarse y con humildad devota, a los pies del sagrario.

 

La Iglesia nace como una respuesta a una invitación. Dios llama, Dios ofrece su amor a todos los hombres. Cada uno puede acoger la llamada. El sí personal de cada hombre, de cada mujer, se convierte en la puerta de ingreso en la Iglesia. Desde este sí empezamos a vivir como salvados, nos convertimos en luz del mundo y sal de la tierra.

Todos los bautizados pueden participar en esta respuesta de amor. Pero lo hacen según vocaciones distintas. Los ministros sagrados (especialmente los obispos) enseñan la Palabra, administran los sacramentos, apacientan y gobiernan al Pueblo de Dios. Los laicos anuncian el Evangelio en la vida cotidiana. Entonces, ¿qué lugar ocupa la vida consagrada en la Iglesia, que son los religiosos y las religiosas?

El lugar que ocupan los consagrados es muy particular: han sido llamados a responder de modo profundo, total, a una inspiración del Espíritu Santo que invita, hoy como siempre, a algunos hombres y mujeres a imitar de un modo más íntimo a Cristo.

Son muy variadas las maneras en las que algunos bautizados, laicos o también sacerdotes, viven esta llamada de Dios a la vida consagrada. Unos lo hacen como eremitas. Otros, como monjes (según la vida monástica). Otros, como vírgenes o en el orden de las viudas. Otros, en formas de contemplación. Otros, en la vida apostólica activa.

De una forma o de otra, cada estilo de vida consagrada hace presente a Jesucristo en nuestro tiempo. Los contemplativos nos hacen presente a Jesús que subía al monte a orar a su Padre. Otros lo hacen desde la asistencia a los pobres, los ancianos y los enfermos (tantos consagrados que trabajan con los más humildes y los más necesitados); imitan de esta forma a Jesús en su servicio cariñoso a los hombres y mujeres que sufren en todos los tiempos. Otros lo hacen como transmisores del Evangelio (misioneros), como educadores (en la enseñanza o el trabajo con los niños, jóvenes o adultos), o de otras maneras según la inspiración del Espíritu; de este modo, continúan la predicación de Cristo que iba de ciudad en ciudad anunciando la Buena Noticia.

Hay un elemento común a las distintas formas de consagración a Dios: los votos de pobreza, de castidad y de obediencia. Los votos religiosos no son una novedad: arrancan del compromiso bautismal, y buscan vivirlo en plenitud, según una llamada por parte de Dios.

Los votos se viven según el espíritu de alguna tradición monástica o del carisma recibido por algún Fundador. Cada carisma debe ser valorado y reconocido por la Iglesia como garantía de su autenticidad y de su procedencia del verdadero Espíritu de Cristo.

La vida consagrada, por lo tanto, es parte esencial de la Iglesia, algo querido por el mismo Cristo. Como nos dice el documento del Papa dedicado a este tema, “la vida consagrada no sólo ha desempeñado en el pasado un papel de ayuda y apoyo a la Iglesia, sino que es un don precioso y necesario también para el presente y el futuro del Pueblo de Dios, porque pertenece íntimamente a su vida, a su santidad y a su misión” (Juan Pablo II, exhortación apostólica postsinodal “Vida consagrada”, n. 3).

Hemos de recordar y agradecer a Dios el que siga invitando a tantos hombres y mujeres a vivir su llamada bautismal de un modo especialmente intenso y profundo, gracias a tantas congregaciones, órdenes religiosas y otras formas de vida consagrada que enriquecen y alientan la belleza de todo el pueblo cristiano y, en concreto, de cada una de las diócesis del mundo

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